| Pintura de: Walter Richard Sickert - Acostada sobre una cama de hierro |
Estoy en una habitación de la casa vieja, grande. Es
una casa hecha en bareque, con teja de barro; un lugar verdaderamente
fresco en verano. En ella he vivido poco más de cincuenta y cinco años. Nací
aquí, aquí me crié, aquí he empezado a envejecer. Puede que sea verdad lo que
murmuran, que no he conocido mundo, que no he tenido vida. Pero prefiero ignorar las
habladurías.
Una llovizna tenue empolva el prado de la entrada a
la casa grande. El portón corroído, que hubiese sido verde en el pasado, a
medio cerrar, se bambolea con la brisa fría que cruza el acceso a la finca. Se
han formado pequeños charcos en el trayecto a causa de las lluvias de los
últimos días. También, el camino desde la ciudad se encuentra en malas
condiciones. Debido a ello, el tráfico se ha disminuido considerablemente. La
compra de víveres se dificulta enormemente en tales condiciones. Si alguien
necesitara compras tendría que ir a la ciudad, lo que aumentaría los costos. Para
Evangelina las dificultades no cambian mucho. Su madre no puede valerse sola y
no puede abandonarla en ningún momento. Así que no podrá viajar a la ciudad,
encargará lo que necesite como sucede cada mes. En realidad, no recuerda cuándo
fue la última vez que habría viajado ni para qué. Desde hace algunos años
apenas abandona la habitación que comparte con su madre. Siempre está sentada
en un taburete de cuero de vaca mientras teje en silencio. Hace mucho que no
habla con nadie, algunas veces con su madre y otras pocas con la vecina del
mercado a quien le encarga la comida. Cuando no está sentada en el taburete
está en la cocina. Cuando no está en la cocina ni en el taburete está en el baño.
Y solo no está en ninguna de las tres partes cada mes cuando va al mercado a
hacerle los encargos. Se levanta muy temprano y se acuesta muy tarde, cuando su
madre puede al fin descansar de sus dolores y se queda dormida. En la habitación
está la cama de su madre y un catre para ella, un chifonier y una lámpara a
gasolina que no funciona desde hace algún tiempo y que fue reemplazada por la
luz de una vela. También está el taburete y una mesita de noche que funciona de
mesa de comedor. La comida que se sirviera allí fue antes muy variada, sin
embargo, su madre hace algún tiempo sobrevive con changuas, aguas de
menudencias o de hueso que es lo único capaz de comer.
El médico la visita cada vez que puede y siempre da
las mismas indicaciones. También anuncia que no hay esperanza de recuperación y
que duda mucho encontrarla con vida en la próxima visita. Se despide
rápidamente y sigue su camino hacia la casa de su abuela, una vieja achacosa,
malhumorada, que fue en tiempos de juventud amiga de mi madre. Esta semana vendría,
pero las lluvias no lo han permitido. Es otro mes demás, otro anuncio de muerte
retrasado.
A veces paso días sin hablar con nadie. Escuchando
solamente los lamentos de mi madre. Escucho atenta mientras tejo sentada en
este taburete que lleva conmigo mucho tiempo. En él me siento cada día a
esperar las diferentes necesidades que ella pueda tener. A esperar su mejoría,
cada vez más lejana, o su muerte, que parece inminente desde que recuerdo.
Murmuran que no ha sido vida para mí, sin embargo no conozco nada más que estás
paredes de la habitación. En ocasiones voy al mercado a encargar los productos
a la vecina, pero con ella no hablo. Le entrego el papel después de saludarla,
le doy las gracias y me despido. Nada más. También él médico viene por acá. Lo
hace porque su abuela se lo pide. En ocasiones siento que preferiría que mi
madre hubiera muerto hace mucho, para liberarse del compromiso. Con él tampoco
hablo. Cumplimos la rutina de cada vez. Examina a mi madre, me da las
indicaciones y se despide. Sin embargo a causa de las lluvias no ha venido aún,
no sé si volverá. Aunque poco importa, ella continúa igual.
La casa no mantiene el esplendor de sus inicios. La
falta de visitas y el desuso en general la han ido destruyendo. La parte
trasera está casi consumida por el moho y en sus paredes han ido abriéndose profundas
grietas. El prado que adornara los días resplandecientes se convirtió en un profundo
pastizal por donde se arrastran animales. Las noches son más oscuras desde que
se quemaron los bombillos de la entrada, aquellos que alumbraban el letrero que
alguna vez mentara: Bienvenidos a Villa Josefa. Sentada en el taburete intenta
recordar aquellos momentos de niña, antes de que su mamá enfermara y cayera en
cama, cuando disfrutaba del sol, del prado, de los días. En aquel tiempo,
cuando su madre enfermó, y tuvo que someterse a su cuidado, quería salir a
jugar, pero la melancolía fue su único consuelo; después, mediante la costumbre,
quiso con todas sus fuerzas olvidar aquellos días hermosos que le procuraban
tristeza, y lo consiguió convirtiéndose en una mujer taciturna e introvertida;
y, ahora, sentada en su taburete de cuero, intentaba por medio de la nostalgia
recordar aquellos primeros días de hace cincuenta años. Pero no puede. En la
penumbra de la habitación, iluminada tenuemente por una vela ya casi consumida,
procura velar el insomnio de su madre, con temblor en las manos, cataratas y
dolor en su espalda. La vejez y el olvido se han ido manifestando sin darse
siquiera cuenta y empiezan a consumirla entre su rutina. No hay pasado, solo un
presente constante e inequívoco.
He estado aquí así tanto tiempo que no tengo
memoria. Pareciera que apenas ayer me sentara en este taburete. Si no es por
mis manos débiles, mis ojos ciegos y mis achaques, juraría que no ha pasado el
tiempo. Hace mucho que no me miro en el espejo, desde aquella vez en que
percibí que la vida iba pasando vertiginosamente frente a mi quietud. He
perdido voluntad de cualquier cosa. Mis ambiciones se diluyeron con mis sueños
y mi ser se ha quedado estático. Mi madre ha estado igual desde hace mucho. Ya
no la recuerdo activa ni altiva, solo algunas fotos que cuelgan en las paredes,
manchadas de lluvia y de tiempo, me hablan de ese pasado ajeno y añejo; Quizá
en ese entonces todo era diferente. Quizá existiera la felicidad en nuestras
vidas. Ojalá la felicidad fuera como el vino y pudiera saborearla con algún
recuerdo, pero ya todos se han desvanecido como la vela que se consume y está
por agotarse. Seguiré buscando a tientas mientras tejo y mientras la oigo
murmurar su padecimiento, algún pasado más grato o, por lo menos, en movimiento.
Seguiré sumergida en el tiempo perdido en mi búsqueda, porque he oído voces que
dicen que estoy perdida y quisiera demostrarme lo contrario.
Los ratones han hecho de las paredes su madriguera.
Alguna vez hubo gallinas y ganado en los campos. La finca fue prospera y dio
bendiciones, todos tuvieron sus manos llenas. Sin embargo, con la muerte
temprana de su padre y la repentina enfermedad de su madre todo se fue al
traste. Los negocios se desvanecieron entre manos inexpertas de familiares, que las
olvidaron luego, hasta quedar consumidos o en la nada. Algunas sabandijas
caminan por las paredes y recorren la casa ya casi desierta. Comen algunas
moscas desprevenidas y desaparecen, siendo el único trato que se cierra durante
las semanas.
No tuve hermanos. No puedo decir que me hicieran
falta porque nunca tuve un punto de comparación. Siempre fui una persona
solitaria que podía divertirme con cualquier objeto, con mi imaginación. Nunca
necesite de compañía. Quizá ello facilitó mi total abstracción del mundo. Quizá
debido a esa enajenación procurada por mi imaginación no me percaté de que el
mundo a mi alrededor se acababa, desaparecía. Después se hizo tarde y dejé de
imaginar y terminé en una inercia que es lo que me mantiene con vida, la
inercia de cuidar a mi madre.
Las noches frías invaden los rincones derruidos de
la casa. Las puertas consumidas por las polillas no muestran majestuosidad,
solo abandono y olvido. Antes se oían sus pasos a través de los pasillos y el
silencio era más eminente, ahora ni sus pasos, que han perdido consistencia, se
oyen. Pareciera flotar entre la cocina y el cuarto. Cada paso que da es el
mismo anterior, cada paso es la confirmación de su situación. Al comienzo ponía
las noticias en la radio, pero cuando se acabaron las pilas se prometió
reponerlas lo más pronto posible. Sin embargo, el tiempo pasó y fue postergando
esa posibilidad, hasta que desechó cualquier interés por abastecerse de la
información de un mundo que desconocía. Arrumbó el radio como un traste en el
fondo de la habitación y allí se fue llenando de polvo y telarañas, que también
dejó de limpiar, cuando se percató de que no recibían visitas y que daba lo
mismo. Su vida se volvió semejante a esa habitación donde permanecía sentada
mañana y noche alejada de las desgracias y las virtudes del mundo.
Hace mucho que no me siento mal. Llevar esta rutina
me ha impedido tener cualquier motivo de quejas, diferentes a los
acostumbrados, los que llevo conmigo desde siempre. Las cataratas no me impiden
seguir tejiendo, ya lo hago más por costumbre que por placer y en esas
condiciones lo mismo da el resultado. A veces, me duele la espalda, sobre todo
cuando camino mucho, por tal razón cada día me someto más al taburete. Y el
temblor de mis manos es pequeño y no me impide cocinar y para tejer no me es
extraño ni dificultoso. En realidad, lo único que me preocupa es la inminente
muerte de mi madre. Estoy tan acostumbrada a vivir esta vida y no otra que no
sabría qué hacer. Otra situación me sería totalmente extraña y ajena. En
ocasiones cuando pienso en ello desecho esa posibilidad como si, la vida o
Dios, hubiera decidido de antemano llevarnos juntas e impedir que las
circunstancias me jugaran la mala pasada de abandonarme a unos años más sin
destino, al azar de cada día. La rutina me ha permitido estar tranquila que no
sé si resistiera un cambio abrupto.
Cuando el invierno es fuerte la casa pareciera
sucumbir a la fuerza de la lluvia. Las ráfagas de viento recorren corredores y
cuartos crujiendo y escrutando cada rincón en búsqueda de fantasmas perdidos.
La casa es historia. Y la historia se esconde en cada espacio vivido. Si ella
lo supiera podría recordar y sentir nostalgia, sin embargo, también lo ha
olvidado. La madre expectora profundamente. Empieza a quejarse y se lamenta con
vocablos repetidos, llenos de aire. Intenta hablar, pero solo murmura, en su
delirio, absurdidades. Tose con tos seca y sin aliento para ello. Se estremece
y su frente empieza a llenarse de sudor. La habitación se enfría poco a poco y
pareciera oscurecerse cada vez más. La vela crepita antes de agotarse
totalmente. La lluvia arrecia afuera y un viento gélido recorre los cuartos. La
madre tiembla y se sacude fuertemente con las manos, agarrando valerosamente las
sábanas. Murmura y calla, suda y expele un olor agrío. El aire es nauseabundo y
carece de fuerza vital. El sufrimiento se abre paso en esa piel marchita y en
esos ojos opacos. El rostro palidece y se contorsiona. Un grito de dolor agita el alma débil y los espectros
que vagan en la oscuridad se desvanecen. Pronto, pronto dejará de sufrir.
Teje sentada en su taburete. Ya no ve a causa de sus
cataratas, pero no le importa. Tiene que ocuparse en algo mientras cuida a su
madre. Tiemblan sus manos un poco más cada día, pero ello no le impide
continuar con su oficio. El invierno ha ocasionado más daños en la estructura
de la casa vieja. Pronto solo quedarán en pie esa habitación y la cocina,
aunque la verdad no necesitan nada más. Sin embargo, otra tormenta como la de
la noche y toda la casa se vendría al piso. Reza a Dios pidiendo que no suceda
nada mientras se encorva un poco más para observar cómo se encuentra su madre.
No la oye quejarse ni lamentarse y en la mañana no quiso recibirle nada de
comer. Pronto vendrá el médico y le preguntará qué le sucede y qué tiene que
hacer, si el invierno lo permite.

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