¡Mas,
por todos los dioses! Que digan si hay un solo instante en la vida que no sea
triste, enojoso, desagradable, insípido, insoportable, si no interviene el
placer, es decir, la locura.
Erasmo de Rótterdam
Ahora te burlas de
mi situación. Bromeas con tus amigos; si acaso los llamas de tal manera. Me
miras y no sabes que te percibo, desde dentro, con el alma. Te asustarás,
cobarde, cuando te cuente mi historia; sin ajustes, que no los requiere.
Escucha. Yo era una mujer encantadora. La más bella de la ciudad. Si te fijas
bien aún lo sigo siendo, incluso así; eso me han dicho. Gustaba de observar el paisaje
y penetrar en su colorido, jugar con él. Contemplar la tarde y las nubes, el
naranja del atardecer. Ver la luna, las estrellas. Pintar. Leer. Pintar era más
que un pasatiempo: era mi vida. Me gustaba sostener la mirada, jamás esquivaba
alguna, ni la más arrogante ni la más humilde. Era dueña de mis actos. Sonríe
si quieres, si se te antoja. Porque esta que soy yo, alguna vez fue otra. Y
esta que ahora es otra quiere contarte su historia.
Aquella mañana de verano
caminaba por el sendero que conduce a la estación. Era feliz al detenerme y
observar cómo cada cosa poseía un color diferente y cómo podía disfrutarlos en
total libertad. Juro que me complacía sentirlos, los vivía profundamente. Eran
mundos posibles, mundos que podía recrear, rehacer, reinventar con mi paleta. Sin
embargo, no me creerás y te reirás: lo que más me regocijaba era verlos en todo
su esplendor. Rodeados por el halo de su intangible beldad.
Sin saber por qué me
detuvo una brisa fresca, brisa de verano. Respiré su aroma, el que traía
consigo; sentí su frío y me regocijó su placidez en mis mejillas. Pero sucedió
algo inesperado. Sufrí un agudo dolor en mi ojo izquierdo, como nunca antes. El
dolor persistió más de lo acostumbrado y me hizo llorar. Cuando poco a poco el
malestar calmó siguió la sensación, como un latir profundo y constante. Señal
de que algo permanecía aunque ya no estuviera. Corrí desesperada hacia mi
hogar. Sin detenerme. No me percaté de los colores, como era mi rutina, y hasta
olvidé la estación.
Joaquín, un vecino
de mucho tiempo, fue el primero en encontrarme y se asustó por mi carrera desenfrenada.
Me detuvo y le conté lo sucedido. Me observó, y no vio nada, nada. Sopló, como
se acostumbra en estos casos; sin embargo, el latir persistía. Imagina qué pasaría
si percibiéramos todo el tiempo nuestro corazón o respirar; aquella música
estridente nos enloquecería por su tonada. Visité otros amigos, pero ninguno
encontró nada. Mi ojo parecía estar bien. Sin embargo, la sensación estaba y
empecé a rascar a cada instante. Una y otra vez…
***
Fui al médico, por
consejo de mi esposo que había regresado solo y preocupado de la estación porque
no estaba esperándolo. Después de semanas de exámenes el médico descubrió que
estaba perfectamente, y sólo me recetó unas gotas, de esas comunes, para
refrescar mi vista. Lamentablemente no me sirvieron. Empecé a perder el sueño.
No dormía porque rascarme se había convertido en una necesidad. Tras un tiempo
mi razón se estaba deteriorando, eso dijeron en mi casa. Decidí entonces,
apresurada y desesperadamente, hacerles creer que había curado; no obstante me
rascaba en secreto arduamente y el insomnio se hacía más fuerte. Pronto fui
descubierta por la tonalidad rojiza que rodeaba mi ojo, un cerco perceptible
para cualquier detallista. Por tal razón, mi esposo me envió al psicólogo.
Medida impotente de un hombre bueno. Supusieron él, mi familia y mis amigos que
era mi invención, que sólo quería llamar la atención. Después de varias
secciones únicamente saqué otro resultado desfavorable hacia mi cordura. Sufría
alguna extraña vertiente de dermatilomanía. No podría controlar mis impulsos. Me
sentía bien, pero todos me veían mal. Estaba demente. Aunque yo nunca estuve de
acuerdo con el resultado, me era imposible demostrar lo contrario. Mientras
tanto, seguía mi rascar.
Accedí a ingresar
al centro de reposo. Tal vez allí tendría la libertad de rascarme, porque para
entonces ya era intenso y constante. Pocos días después de mi llegada, no había
hecho amigos. Es más, no conocía a nadie (y tampoco quería). Me la pasaba en mi
cuarto estudiando mi sensación. Dedicaba mi tiempo a satisfacer mi necesidad de
alivio, porque nadie me controlaba. En vano intentaron sacarme al paseo matinal.
Me arrastraron un par de veces, pero desistieron al ver que regresaba rápidamente,
en busca del silencio de mi cuarto.
***
Aquella mañana me
percaté de un pequeño sangrado. No era un dolor desagradable, me producía
cierto placer. No he de negarlo, de qué valdría. En el transcurso del tiempo el
sangrar se hizo más intenso. Por supuesto, mi rascar también. Sentía ingresar
mis dedos hacia profundidades humectantes y sentía mi piel caliente, en un baño
espiritual que me reconfortaba. Fue un momento lleno de placidez y placer (Con
cierto dolor, claro está). Mi respirar se hizo lento y profundo. Estaba
extasiada. Me sentía más viva que nunca. Mis dedos ya en fondo me ocasionaron
una gran cantidad de sensaciones. No pude más que gritar. Fue un grito de goce.
Como nunca lo había hecho. Ríete, sé que no me crees. Te doy esa libertad. Pero
escúchame que aún no he terminado.
Un guardia que
pasaba me oyó. Temeroso, abrió inmediatamente la puerta. Alterado pidió ayuda,
porque mi ojo rodaba hacia sus pies, ensangrentado, ensuciándose con la
pulcritud del lugar. Dos días después desperté en un hospital con vendas en mi
rostro. Me habían hecho las curaciones correspondientes y tenían amarradas mis manos
a la camilla ¡Como si yo fuera a hacerme daño! Mi familia me visitaba
regularmente y me llevaban de cuánto podían. Creían que yo estaba enferma y que
necesitaba de toda su atención, cuando la verdad era que sólo quería estar
sola. Así pasó el tiempo entre visitas inoportunas, para que un mes después estuviera
de vuelta en el sanatorio.
Ahora la sensación pertenecía a mi ojo
derecho. Sin embargo, me habían cortado las uñas muy al ras, me pusieron
guantes y, por lo general, mantenían atadas mis manos la una a la otra. Durante
los primeros meses la ansiedad me llevaba a intentar satisfacer mi necesidad
contra cualquier objeto que pudiera servirme de alivio. Así que tuvieron que
encerrarme en un cuarto sin nada físico que pudiera servirme en lo absoluto.
Caí en un desespero profundo y negro, como un abismo. Por poco no regreso de él,
fueron meses de obscuridad y miedo, de ansiedad y desespero. Afortunadamente
pude recapacitar, porque el mismo deseo me mostró el camino, y descubrí que
podría soportarlo algún tiempo. Serenarme
fue la mejor elección. En silencio dejé de persistir. Tomé los calmantes sin
obligación, sin ninguna lucha preliminar por evitarlos. En las secciones
hablaba tranquila y sosegadamente. Callé mi verdad. No deseaba ya alarmar a
nadie. Sin mi ojo izquierdo aún podía gozar con mi derecho. Todo era cuestión
de paciencia. Me devolvieron a la sala común y con voluntad me abstuve lo
suficiente para que quitaran la vigilancia sobre mí. Me había convertido en una
de las dementes que no llegarían a hacer ni a hacerse daño.
Ya poseía la
experiencia y sabía en qué forma hacerlo. Esparcí el deseo en pequeños
intervalos de tiempo, como un par de novios que se besan de vez en cuando,
anhelando vigorosamente el momento de la entrega. Así transcurrían mis días. Al
ser más precavida, no se percataban de mi contacto. Debido a esto, tras algunos
meses de espera, recobré la libertad tan esperada por mi familia para entonces.
Creyeron superados todos los percances y se sintieron felices al ver en mi
rostro una grata sonrisa. Mi proceso de adaptación a lo cotidiano fue traumático,
lento y desesperante en mi interior, porque afuera de mí todo estaba
perfectamente. En realidad, no pude adaptarme, aunque demostrara lo contrario.
Rascaba en secreto, con el deseo de dar el siguiente paso. Me controlé algún tiempo
con esfuerzo. Pero ya mi cuerpo, mi alma, mi espíritu quería entregarse al
placer añorado.
Hasta que llegó el
día. Mi esposo había salido y me quedé sola. Tuve toda la casa y el tiempo a mi
disposición. Comencé en la sala, para terminar en el cuarto. Allí rasqué y
rasqué sin cansancio. Impulsada por el deseo, la ansiedad. Mi cuerpo palpitaba
para entregarse al placer. Se movía, se agitaba mientras mis dedos penetraban
lentamente y sentían la humedad. Aquella humedad tan añorada. Les juro que
grité, lloré de placer. El gozo de ver a Dios entre mis pulsaciones aceleradas.
Fue más placentero que la primera vez, más mío ese momento.
Entonces pasó lo
inevitable, al fin. Mi ojo derecho rodaba en armonía con el ambiente cálido y
fresco. Así, excitada, palpé el camino al baño y, allí, me sequé con la toalla
que estaba más a la mano. Aún el estado de placer no lo superaba del todo y me
tambaleaba. Fui feliz, no sabes cuánto. Luego, no sé por qué ni me importa
ahora, toqué e intenté mirarme al espejo…
A la llegada de mi
esposo yo estaba desesperada. Había podido tener noción del acto diabólico del
que había sido víctima. Descubrí mi ceguera. Recordé los colores y no los pude
observar. Encontré el desencanto de la vida sin colores y probé el desencanto
de la noche eterna. De la noche sin luna y sin estrellas. No te rías, loco de
mierda, que ahora estoy aquí nuevamente encerrada con una sensación de piquiña
que añoraría rascar en todo mi cuerpo, pero no me dejan.

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