Elizabeth


I

Estaba sentado a la mesa, en frente de la cocina. Tenía cruzada su pierna izquierda sobre la derecha, una mano sobre el apoyo de la silla. Mientras escuchaba un tanto distraído, con la otra mano jugaba sobre la mesa, tocando con todos sus dedos un piano invisible. Estaba aburrido, un poco. Siempre hablaban de lo mismo, mejor dicho, Elizabeth repetía su monólogo. La conversación la tenía grabada en su memoria, de tal modo que era capaz de recitarla, de decir lo que ella hablaría antes de que saliera de sus labios. Quizá antes prestara más atención a lo que decía, pero ahora no lo sentía necesario.

Estaba en la cocina desde temprano. Él se levantaba un poco después y desayunaba solo. Era lo habitual. No recordaba cuándo había sido la última vez que compartieran la mesa para el desayuno. En realidad, no recordaba muchas cosas junto a Elizabeth. A veces, cuando tenía tiempo para pensar, se afligía al reflexionar sobre ello. Solo compartían ese pequeño momento diario en la cocina. Él salía tarde del trabajo y llegaba pasada la media noche, agotado, y ella ya estaba dormida. Luego él se levantaba un poco después de ella y solo podía escucharle algunas palabras antes de marcharse. Era un trabajo esclavizador, lo sabía, lo reconocía, pero aun así le era imposible dejarlo. ¿Explicar los motivos por los cuáles continuaba trabajando allí? ¿Explicarlos? No, no podría. Tendría que explicar primero por qué había renunciado a su anterior puesto, dos años atrás, mucho mejor. Explicación que tampoco sabría dar, tenía un enredo en su cabeza al respecto que no lograba desenredar. No podía negarlo, su trabajo era una porquería, pero de extraña manera llenaba un vacío que sentía, en ocasiones, dentro de su pecho. Un vacío inexplicable también. No podría renunciar a su empleo, jamás. A pesar de todo, había aprendido a disfrutar eso mínimos momentos de la madrugada junto a Elizabeth. Valían la pena, reanimaban su existencia.

La última vez que salieran juntos, él se emborrachó, feliz, y no lograba recordar nada en absoluto. Antes de aquella vez,  habían ido al cine, vieron una película, un tanto cursi, escogida por ella, fueron después a cenar y, finalmente, hicieron el amor. ¿Cuándo fue la última vez que hicieran el amor? Tampoco podía recordarlo. No podía creer que una relación llena de amor también pudiera enfriarse de tal modo, sin que ninguno lo notara. Ahora que lo pensaba, le parecía absurdo. Se sentía culpable. Sacaría unos días para estar con ella. Mientras pensaba en unas posibles vacaciones Elizabeth continuaba con su charla habitual. Él oía las palabras lejanas, como de otro tiempo, de otra parte. Llegó a sustraerse más, para reclamarse cómo desaprovechaba el tiempo con ella. Era increíble, le parecía ahora, que con tan pocos minutos hablaran de lo mismo a diario, sin preocuparse, siquiera un poco, por reanimar la relación, por revivirla, por rescatarla de su rutina. Pronto tendría que salir y dejarla de nuevo, sumida, sumisa a una vida común y corriente, a un encierro, a una existencia solitaria y vacía. No quería que todo se repitiera de nuevo. Pediría, por fin, las vacaciones que le debían.

II

En el trabajo le quedaba muy poco espacio para pensar. Parecía un robot, sin sentimientos, sin capacidad de reflexionar acerca de sí mismo, de sus situaciones, sin preocupaciones propias. Iba de aquí para allá, leía informes, escribía informes, cuestionaba informes…y el tiempo transcurría, por delante suyo, sin que lo percibiera. Muy pronto era de noche y volvía a casa, a penas sin notarlo. No parecía vida, pero le gustaba tanta abstracción. Sin darse cuenta, el tiempo volaba, podía regresar a casa, junto a Elizabeth. Así transcurría su vida diaria, sin saber, sin ser.

Ese día llegó decidido a darle un vuelco a su existencia, transformar su vida, revivir el amor con Elizabeth. Así que se dirigió, directamente, a donde el jefe de su sección. No quería darle plazos a lo que tenía decidido, a la petición de sus vacaciones. Además sabía que le serían aprobadas. Le debían las de los dos años anteriores. Tampoco recordaba el motivo, si se lo preguntaran, por el que había solicitado anteriormente su aplazamiento, pero ya podría aprovecharlas junto a Elizabeth. Entró despacio, tranquilo, después de arreglarse detalladamente el traje. Era una oficina pequeña, un poco desordenada, pero limpia y de buen olor. Solo se veían carpetas y papeles desgajados, un computador y un par de sillas ante un escritorio viejo y gastado. Un café latoso, por el tiempo, descansaba sobre él, junto a unas galletas desmoronadas y a medio comer. Sentado, frente al computador, y escribiendo, se encontraba Patrick, su jefe; un conocido de hacía muchos años, amigo de su padre, pero poco cercano a él. Hablaba por el teléfono, lento y seguro, parsimoniosamente. Cuando hubo terminado la conversación, dirigió su mirada a Brandon y le incitó a hablar.
-Buenos días, señor.
-Buenos días, Brandon. A qué debo tu visita. –Era directo y un tanto cortante, pero con una voz cansada, un poco sombría. Quizá, por ello –pensó Brandon- se la llevaba también con mi padre.
-Quería –continúo Brandon- pedirle las vacaciones que la empresa me adeuda desde hace dos años.

Sin saber por qué, sin razón alguna, se acercó y me abrazó fuertemente. Me dijo que era muy bueno que por fin decidiera reiniciar mi vida, que hubiera tomado la sabia decisión  de seguir adelante a pesar de todo – y subrayó, de manera enfática, estas palabras. Finalizó asegurándome que con mucho gusto, y dicha, me las daría. Luego pronunció algo confuso, cuando yo ya salía de su oficina, de la vida y de la muerte, de los procesos que seguimos para superar el duelo…algo, al fin, de todos nosotros. Me despedí, nuevamente, desde afuera con un fuerte movimiento de mi brazo, confundido, sin comprender del todo sus palabras. Ya en mi puesto, trabajé con alegría hasta muy tarde, sin percatarme un momento de la hora y sin rememorar lo que mi jefe me dijera. A partir del día siguiente tendría tiempo para mí y para Elizabeth, eso era lo que realmente importaba.

III

Llegué tarde, pasada las doce, y como siempre dormía. No la despertaría. Le daría la sorpresa en la mañana. La madrugada fue igual a todas las anteriores. No conocía otra o al menos no la recordaba. En la cocina, Elizabeth inició la charla según lo previsto. Ella hablaba y yo oía con poco interés, más concentrado en lo que le diría cuando terminara de hablar. La miraba, mientras, fijamente. Era una mujer sumamente bella, qué poco recordaba, realmente, su cuerpo, ahora que lo observaba detenidamente. Su cintura, marcada, caía en unas caderas anchas, de nalgas fuertes y firmes, y bajaba luego hacia unas piernas gruesas, completas, tersas. Su piel trigueña, color de la canela, olor de canela, brillaba suavemente; hacía cuánto que no la sentía estremecer entre mis brazos. Miré sus ojos, brillantes, profundos, vivos, obscuros, grandes, a veces lejanos en sus reflexiones. Eran hermosos, hacía cuánto no se lo decía, tampoco recordaba. Miré sus labios, gruesos, rojos, firmes, como sus senos. Esos senos redondos, un tanto caídos. Aun así turgentes, que se elevaban a mi contacto, que se marcaban sobre el piyama azul claro que traía puesto cada amanecer, a causa del frío. Su nariz fina, grácil, sus cachetes abultados, sobresalientes, que nunca había visto sonrojar. Ese par de hoyuelos que me descubría al sonreír. Sus manos frágiles, delicadas, de dedos largos, hábiles, un poco gruesos, que jugaban antes con mi rostro, con mi pelo. Su cuerpo esparcía frescura, mientras caminaba, y un suave olor a canela bailaba en la cocina a su paso. Por qué no me había vuelto a fijar en ella. Era tan hermosa, como las madrugadas frías, con su cuerpo tibio entre mis cobijas. Por qué había esperado tanto para las vacaciones, para compartir más tiempo junto a Elizabeth…

Cuando Elizabeth terminó su perorata habitual di rienda suelta a mi emoción y entre lágrimas de felicidad le narré todo lo que había dispuesto para nosotros, en el transcurso del día anterior. Hablé de nuestra relación, del trabajo asfixiante que llevaba, del jefe de zona y sus palabras confusas, de lo que sería de nosotros en adelante. Hablé, después de tanto tiempo, como no hacía con ella. Estaba excitado, feliz, y no podía hacer nada más que decir, decir y decir, lleno de júbilo y orgullo…cuando expresé todo lo que habitaba mi interior y creí sentir una paz que llenaba mi pecho, ella me preguntó, como si fuera un eco que llenara mi memoria, desde siempre:
-¿Por qué estás hablando solo?...
Una imagen extraña cruzó mis párpados cerrados entonces, un frío desbordó mi conciencia entonces, un presagio castañeteó en mis dientes entonces. El eco replicó su pregunta en mi cráneo desnudo y temeroso. Lo tomé fuertemente entre mis manos intentando acallar sus palabras, pero la pregunta retumbaba ya en mi memoria, imposible, eterna, “¿Por qué estás hablando solo?...”; era una voz distante en mí quien me lo preguntaba.


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