Era la época de los guayacanes. La glorieta estaba llena
de sus flores caídas, creando una alfombra amarilla que pisábamos sin notarlo –es
difícil percatarse de algo que siempre ha estado allí, que siempre nos ha
acompañado, silenciosamente-; flores que engalanaban la calle larga que se
perdía en un pequeño parque. ¿Qué sabía de Lucía entonces? Quizá lo mismo que
sabía de los guayacanes. Por el contrario, del parque sabía que era el parque
de los enamorados. Había bancas castañas en la callejuela que llevaba a él, la
misma callejuela en donde caían las flores de los guayacanes. En el aire flotaba
el deseo; quizá todos éramos muy jóvenes para saberlo, mas no para sentirlo y lo sentíamos
con intensidad, con nuestra juventud; y era bello. Parejas caminaban cada
noche, al encenderse las farolas. Pululaban como polillas, atraídas,
inconscientes del hechizo. A veces llovía y era cuando me gustaba más. A Lucía
no y caminaba solo, a través de los faroles y la lluvia. Entre la noche. A
veces arreciaba el viento y hacía frío, pero no llovía. Me gustaba también así
la noche, aunque titiritara al pasear por ella. A Lucía tampoco le gustaba, y caminaba solo de nuevo. Me sentaba, luego, agotado y dichoso, y esperaba que me
golpearan las gotas en el rostro, si acaso llovía. No sabía, y no me importaba,
qué sucediera luego. Sentía correr el tiempo por mis mejillas heladas, sentía
paz en cada parte de mi existencia. No había tiempo para mí. Después alguien
venía a buscarme, preocupado, y me devolvía al parque, a la lluvia, a las
farolas y la noche caía nuevamente sobre mi cuerpo.
Regresaba a Lucía empapado y risueño, con ganas de
besarla. A veces hacíamos el amor, sin palabras. Me pregunto ahora si ella me
comprendía entonces, si se entregaba a mí en la misma medida, si acaso me
estuviera esperando con ansiedad. A veces hablábamos casi toda la noche, yo
empapado, ella sonriente. Me pregunto también ahora qué pensaba luego, cuando
descansábamos de tanto ruido y dábamos tímidos pasos al silencio. Nunca falté a
su casa después de una noche de lluvia y ella siempre abrió la puerta a mis
deseos. Preparaba una comida suave, en ocasiones mi preferida descansaba a la
mesa. Y descubría que me extrañaba, que sabía que iría. Yo aportaba entonces mi
apetito voraz hacia sus delicias. Satisfecho abría el Chianti sumergido en
hielo. Bebíamos y nos mirábamos. Luego la desnudaba lentamente y ya no sabía
nada más de mí durante noche.
Era la época de los guayacanes. Éramos jóvenes todavía.
Incluso parecíamos menores de lo que éramos. Los guayacanes empezaban a
quedarse desnudos. Sus flores se marchitaban o se secaban sobre el pavimento.
Sus ramas se elevaban inquietamente frágiles hacia el cielo despejado de noviembre.
Un tiempo se cerraba en la naturaleza, un tiempo que seguiría su existencia de
otra forma. Algunos amigos decidieron marchar entonces para tierras lejanas,
junto con sus sueños, sin importarles los nuestros; era necesario, pero
doloroso. Pareciera que el tiempo de los guayacanes hubiera decidido por ellos.
Fuimos más infelices entonces, menos dichosos, menos libres, porque nos ataban los
recuerdos. Lloramos juntos su porvenir, ajeno y distante, y los olvidamos,
irremediablemente, con los años casi por completo. Los guayacanes florecerían
de nuevo.
Fuimos egoístas después nosotros, como antes ellos. Era
difícil compartir metas y objetivos con todos. Basta decir que éramos un grupo:
juntos caminamos, juntos hicimos, juntos fuimos. Pero el tiempo pasó para
nosotros. Crecimos como crecen las acacias, y sentimos la necesidad de estar
solos. Éramos felices los dos. Sin más compañías. Maduramos a la existencia
compartida, o al menos eso creímos, y sentimos el deseo de alejarnos, de vivir
nuestra vida, de escoger, de sentir a plenitud sin contar con los demás. Y tras
ese sueño partimos al igual que otros antes. Nos fuimos juntos. Volamos a otro
país, distante, porque creímos que debíamos interponer espacio ante nuestro
pasado. No entiendo aún por qué esa sensación extraña de temor que nos embargó,
hasta la saciedad, nos obligó al olvido. Pero olvidamos con ansia, con furor –o
al menos eso creí. No nos costaba trabajo el cambio, nos acompañábamos y ello
bastaba. Y la vida se fue pasando por la verja de la casa. Sin apenas
percatarnos en nuestro pasado los guayacanes habrían florecido de nuevo.
A veces no somos lo que quisiéramos. Maduramos tarde. Y
la vida nos encontró desprevenidos cruzando calles, sin sentido. Sin
percatarnos caímos en el profundo abismo de la rutina. Nos levantábamos,
comíamos, trabajábamos, volvíamos al hogar, a veces hacíamos el amor, y la vida
se repetía en un cansancio inconsciente. Así pasaron los años. Uno tras otro.
Fáciles y simples; pedíamos limosnas el uno al otro, caminábamos por los años
sucios y huraños, sin aliento. Quizá fuera la ciudad a donde llegamos, pienso
para mis adentros; luego divago e intento decirme verdades, pero termino acallando
la realidad por el temor de los recuerdos. Se había perdido la magia del tiempo
de los guayacanes. Nunca fue tan difícil ser como entonces.
Sí, fuimos infelices juntos. Parecíamos disfrutar de
nuestra tristeza, por la compañía mutua. Ahora me es inevitable preguntarme si
solo era inercia lo que sintiera Lucía por mí, si acaso ya no era capaz de
abandonarme. Claro, en aquel tiempo vivía mi tristeza en el entusiasmo que me
producía compartir mi vida junto a ella. ¿Me hubiera abandonado algún día?
Ahora me carcome esta duda. Nunca creí necesario preguntarle si era feliz a mi
lado. Nunca cruzó mi cabeza preocuparme por sus necesidades, porque creía
conocerlas. En aquel nefasto tiempo que nos gastaba, sin saberlo, quizá su
soledad la consumió delante de mí y no pude verlo. A veces, en las opacas
noches, caminábamos por la ciudad. El gris grifo de la noche nos acompañaba y
nos sentíamos más extranjeros entonces, mucho más que antes, cuando en realidad
lo éramos. Fue una de esas noches que descubrí que estaba enferma. Sufría de
nostalgia. No hablamos mientras caminamos ni luego cuando llegamos a casa ni
mucho menos después de hacer el amor. No hablamos nunca de ello. Pensé que el
tiempo sellaría el pasado de nuevo –si acaso alguna vez realmente lo hubiera
hecho. Callé y decidí engañarme, por temor, para no infectarme, y sonreí
profundamente después de suspirarle, de verla a los ojos, de presenciar aquel
brillo extraño del recuerdo. En la calle no había guayacanes, las farolas eran
intermitentes y existía más oscuridad, tampoco había bancos en el parque –si
acaso pudiera llamarse así a ese pedazo de tierra- pero estábamos juntos, muy
juntos.
La rutina seguía consumiéndonos y la nostalgia albergaba
aún su corazón. Pronto enfermó físicamente. En ocasiones se levantaba muy
temprano y la oía vagar de la habitación a la sala, de la sala a la cocina,
escuchaba la llave abierta, el agua caer en un vaso y luego yo dormía
profundamente. Lucía pasaba gran parte de la madrugada levantada, bebiendo del
vaso y sintiendo cómo bajaba su historia por la garganta. A veces la sentía
regresar, ya con las luces del alba y una sonrisa en el rostro. No le
preguntaba nada y le sonreía a mi modo, como respuesta de su disfraz de alegría.
Pronto empeoró. Su deterioro físico era evidente y en él
camuflaba su deterioro mental. Qué estúpido fui entonces. No noté su llamado o
no quise oírlo. Fue sucumbiendo a su enfermedad, lentamente. Me tenía a su
lado, acongojado, débil, frágil, inseguro. Se diluía cada día un poco más en la
irrealidad. Mí ineficacia, mi vulnerabilidad, la alejaba más de mi vida. Su
mirada se iba perdiendo en un vacío de la pared, donde pareciera ver otro
tiempo, porque a veces, en medio del dolor, le sonreía a algo inexistente para
mí. Después pensaría en los guayacanes, sentado en una fría banca de la ciudad
sombría. Ella sonreía y yo lloraba entonces porque la sentía menos mía, más lejos,
su ausencia me hacía daño. En mi dolor el egoísmo afloraba y le hablaba solo
para verla de vuelta. Sufría y yo solo tenía mi mano para sostener la suya, mis
palabras para hacerla reír, mi tiempo para verla morir. Su piel se empalidecía constantemente,
su cuerpo se demacraba en cada respiro y su luz se amargaba en un sueño
grisáceo. El mundo dejó de valer, porque el mundo era ese cuarto obscuro,
iluminado por una luz artificial, donde yo la despedía.
Murió, como mueren los sueños. Un mañana no despertó más
y lloré su ausencia tendido sobre su cuerpo frío y pálido. Lloré y luego intenté
sonreírle al pasado común y sentí que nada sería como siempre; la moví creyendo
que me equivocaba, pero la sentí inmutable. Vinieron entonces días de lluvia.
El cuarto se convirtió en mi trinchera, sus recuerdos en mis armas y peleé una
guerra que no me correspondía, una guerra que no existía, sin tregua. Fui
herido mil veces antes de caer en la realidad de nuevos días, ya sin ella. Fui
desahuciado y devuelto a un lugar extraño y vacío que alguna vez llamáramos
juntos hogar.
Recordé alguna mañana en su mirada perdida y su sonrisa
puesta en el vacío que Lucía recordaba. Decidí volver entonces, porque atrás hallaría
el consuelo a su perdida. Quise volver a sus recuerdos para revivirla, para
revivir a su lado, quise regresar a la calleja de los guayacanes y caminar
junto a ella, en su ausencia, por la alfombra amarilla. Volví como vuelven
algunas grullas blancas después de recorrer el mundo. Llevaba en mí la
esperanza como escudo, sin armas, porque creí que el deseo de renacer me bastaría.
Cuando bajé del aeropuerto sentí que algo en mí retoñaba y deseé que fuera ella,
intensamente. Luego tomé un taxi y recorrí con nostalgia los parajes
desaparecidos de mis recuerdos. No estaba el café en donde me sentaba al salir
de la Universidad. Tampoco el bar donde bebí mi última copa. La Universidad
seguía igual. En la ciudad había nuevas torres y la luz se filtraba menos, las
sombras se adentraban un poco más en los hombres. Los recuerdos se confundían
con el estado actual de las cosas y en mi interior abría espacio para un nuevo
horizonte con otra luz. Bajé del taxi a falta de una cuadra. Me impelía el
deseo, sin embargo quería darme tiempo, caminar, respirar el pasado. Caminé
despacio con el corazón enloquecido. Caminé paso a paso temblando. Mis ojos
llenos de júbilo se apagaron y sentí mi alma derrotada cuando en la amarilla
calleja de antaño los guayacanes eran bloques de cemento, que no florecerían
más que en mis sueños.


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