Irene se levantó muy temprano, tal y como lo hiciera los
últimos 48 años de matrimonio, a preparar el desayuno para su esposo, sus dos
hijos, que salían a cubrir sus puestos, y para ella. Abrió suavemente la puerta
para no despertarlo; siendo a penas las 5:30, quería dejarlo dormir hasta la
hora adecuada, para evitar su malgenio y amargura. Entró en el baño de la sala,
no utilizaba el de su cuarto por los mismos motivos, ya mencionados. Se
refrescó el rostro y se arregló un poco frente al espejo. Se observó varios
minutos y no pudo evitar rememorar sus años mozos, aquellos en los que
permanecía horas sentada transformándose. Ahora su piel marchita y delicada no
soportaba las cremas y los polvos, sus ojos caídos no requerían lápices azules
ni sus labios, agrietados y amargos, más carmín. Se quitó el piyama y se puso
un vestido de flores, terso, cálido, a penas para el día caluroso que se
aproximaba. Aún sus hijos no se levantaban. La obscuridad tampoco daba paso a
las primeras luces del alba. Su esposo dormiría hasta las 7 de la mañana, en el
momento en que el periódico llegaría a la puerta. Sus hijos estarían
marchándose, ella sirviendo la mesa y la vida moviéndose hacia adelante, como
siempre. Sentada en el wáter se sentía bien al descubrir su rutina y la calma
de sus años postrimeros, sentada sentía correr la brisa fría de la madrugada
entre los pliegues de su piel ajada.
La cocina ha sido su segundo hogar. La cocina es ya gran
parte de su vida. Un poco por machismo, suyo y de su esposo, otro poco por
gusto, había descubierto en la cocina una pasión, una pasión mayor que el sueño
efímero de ser médico, o aquel de ser una modelo reconocida mundialmente. La
cocina se había convertido en un mérito sin testigo, en un triunfo propio,
único, individual y sumergido en el olvido de la cotidianidad. Quizá hubiera
podido luchar por darse a conocer, pero ya era tarde para ello. Aun así
disfrutaba de su oficio familiar. Disfrutaba el madrugar para encerrarse en ese
cuarto que conocía tan bien, en el cual estaba a sus anchas y en el que podía
dar rienda suelta a tanta fantasía comprimida sin ser juzgada, condenada o
sencillamente criticada. Allí, donde pasara fantásticas horas familiares,
angustiosas horas de congoja y derrota, allí sentía que todo había valido la
pena, y en esa llenura espiritual, en esa frescura mental la felicidad, si
acaso podría considerársela, parecía inquebrantable.
Sus hijos siguieron su rutina. Se levantaron, entraron a
los baños, se arreglaron, desayunaron, dieron las gracias y se marcharon. Había
aprendido a querer esos instantes, efímeros, fríos, sombríos, a veces, como la
mejor representación de amor que podrían darle. Quizá una sonrisa que se les
colaba en sus rostros ocupados, profesionales, motivaban el transcurrir de sus
días. Quizá alguna noche en la que regresaban agotados un suspiro y una mirada
cálida validaban su esfuerzo callado y constante. Así les dijo hasta pronto con
un beso rápido sobre unas mejillas mayores. Así los vio partir en su solitaria
silla junto al televisor de la sala. Se oía el agua correr, mientras tanto,
arriba en su habitación. Señal inequívoca de que la vida continuaría su curso.
Arregló la mesa, limpió las sobras que quedaran sobre
ella. Calentó levemente el desayuno en el microondas. Puso todo en orden y a
disposición de su esposo. No podía negarlo, lo había querido hasta los huesos,
pero los años pasan, todo pasa, la vida pasa, el amor pasa, los cuerpos pasan.
Ya no sabría definir un sentimiento hacía él, al menos algo diferente a la
costumbre. El amor, y todo lo que ese concepto abstracto conlleva, había
quedado rezagado, ubicado entre los años idos. Lo quería, quizá podría decir
eso, no existía otro término; lo quería, de ello estaba segura, porque aún
sentía un pálpito, aún tenía el temor de que no despertara de nuevo. Lo quería,
y se conformaba con esa certidumbre, como se había conformado, antes, a tantas
cosas en su vida.
II
Bajó despacio. Sus piernas gordas, amplias, se habían
vuelto débiles y solo lograban sostener su peso. Bajó con cautela, con una
lentitud exasperante para cualquier joven. A su edad una caída podría
significar la muerte y él tenía todavía muchas ganas de vivir. Por eso
aseguraba un descenso exitoso y tranquilo. Cuando mandó a construir la casa y
ordenó ubicar el cuarto principal, su cuarto, en el segundo piso aún era joven
y vigoroso. No pasó en ese entonces por su cabeza las dificultades que le
traería en su vejez. Sin embargo, por cuestiones de orgullo, de principios, no
había permitido que lo reubicaran en la primera planta. Irene, con el apoyo de
sus hijos, le había insistido algún tiempo. Le había mostrado los beneficios y
le había señalado que era lo mejor para su salud ya en deterioro. Irene también
le insinúo que para ella sería más cómodo. No obstante, como patriarca moriría
en su morada, por más dificultades que eso le trajera. Cambiar de idea hubiese
significado el desmoronamiento de su posición, el reconocimiento de su senectud
y el inevitable, y posterior, olvido en un rincón poco privilegiado de su
hogar. Aceptar hubiera significado reconocer su ineficiencia y su inutilidad,
hubiera significado empezar a depender de sus hijos.
Esa mañana despertó como de costumbre. Despertó con la
pesadez habitual en su cabeza. Despertó con el dolor de piernas también común.
Con los labios manchados, con el estómago fofo y con un leve gotear de orina,
irremediable. Se levantó con el piyama manchada, amarillento; se levantó con el
dolor de otro día –a pesar de sus deseos de vivir. Injurió un poco mientras iba
al baño a descargar una carga ya pesada de orina maloliente y amarilla. Injurió
porque aun yendo hacia el baño goteaba levemente, lo sentía y no era capaz de
evitarlo. Se paró frente al wáter y se percató de que no hacía, de que no
soltaba lo suficiente. Orinaba a chorritos pequeños e insignificantes, nada
similares a la sensación que tenía. No podría permanecer de pie el tiempo que
parecía requerir y tuvo que sentarse. Injurió, nuevamente, y Lloró un poco en
silencio y en la soledad del baño. Se levantó cansado de tanta pendejada suya,
con el reproche a flor de labios, y se dirigió a la escalera a continuar con su
vida.
Luego de que descendiera las escaleras, de que apoyará su
cuerpo en la esquina y observara la mesa lista. Luego de que se acercara
despacio, con el rostro sumido en el presente, y se sentara a la mesa. Luego de
que descubriera el desayuno en su punto, tibio, con el jugo de naranja
acostumbrado, luego de probar el primer bocado, sabroso, luego de ello se
percató de que quería seguir viviendo. Volteó y observó a su mujer que fregaba
las ollas en la cocina. La observó hasta que tuvo la sensación de que ella lo
notaba. La observó hasta que ella se volvió para verle el rostro. Impasible le
dio los buenos días, no las gracias por el desayuno; era su deber y como tal
tendría que cumplirlo sin esperar nada a cambio, ni siquiera palabras.
Inmediatamente regresó a su plato para terminar su desayuno. No podría pensar
en amor. Nunca, hasta el momento, consideró esa palabra, no consideró que
pudiera significar algo diferente a algunas noches de deseo de su parte y de deber
de satisfacerlos por el de su esposa. Amarla no cabría, no sabría definirlo.
Era su mujer, eso era lo que sabía. Sabía que había decidido, hacía tantos
años, llevarla a vivir con él, mantenerla y convivir. En su juventud tuvo
libertades y disfrutó de muchos cuerpos distintos, sin embargo se decidió por
ella y eso debió bastarle. También que a pesar de las otras mujeres que tenía
siempre volviera a ella. Tuvo que ser suficiente. Jamás faltó comida y dinero,
ni para ella ni para sus hijos. Había cumplido con su deber en su momento.
Pensar en amor le parecía innecesario, cosa de mujeres, de jovencitas, de
libertinas, de estúpidos, de maricas. Tampoco pensaba en la felicidad, a no ser
que fuera sinónimo de sus logros, aun a costa de todo. Si era así, lo habría
sido. Aunque a su edad cualquier palabra estaba de más, a no ser que fuera similar
a la palabra muerte.
III
No la acomplejaban los años. Ha sido siempre una mujer fuerte
a diferencia de su esposo; a pesar de su carácter agresivo su fisiología sucumbe
sumisa a las guerras inevitables del tiempo. Su carácter, en cambio, está
sometido. Desde el matrimonio, incluso desde antes, dejó de decidir sobre sus
cosas y sigue cualquier indicación que venga de él, y ahora también de sus
hijos. Quizá se quitó la carga de pensar, de reflexionar, de decidir, pero
también perdió la posibilidad de seguir sus sueños, de crear metas propias,
aunque a su edad tampoco le cabe pensar en ello. Su yo desapareció en el
interior del que ha sido su hogar en tantos años, en una cocina amplia y
adecuada a su antojo. Su yo sucumbió en algo amorfo que llamó alguna vez amor y
que ahora no podría ser más que costumbre. Su yo murió en un cuerpo joven y
vigoroso, sepultado con el transcurrir de la existencia en un cuerpo fofo y
mezquino.
¿Habrá sido feliz? Quizá la respuesta debiera ser sí.
Tuvo todas las comodidades, dinero, hijos, un esposo que tuvo sus aventuras,
pero que siempre volvió a casa. Si eso era la felicidad, ella había sido feliz.
No tenía puntos de comparación para dudarlo. Jamás tuvo mayores alegrías a las
de su comunión con él, a algunos pequeños detalles, el nacimiento y la crianza
de sus hijos, a alguna sonrisa de parte de ellos. Jamás tuvo grandes desgracias
para sentirse desdichada, solo algunos problemas al comienzo cuando no lo
conocía bien, le faltaba la experiencia de los años compartidos. No podía
recordar estados anímicos divergentes a los que sentía a diario, 48 años
sintiendo lo mismo. Conformarse es otra forma de vivir, también válida.
Se había sentado a desayunar. Se quedó observándola largo
rato mientras fregaba los platos. Irene sintió la fuerza de sus ojos sobre su
espalda casi como una mano apoyada sin delicadeza. La presión la hizo voltear
el rostro, hecho poco habitual en su rutina. Sus miradas se encontraron y solo
se separaron cuando él pronunció sin convicción, por decencia, un “buenos
días”. Después, cuando volvió la vista al lavaplatos, no pudo evitar una
extraña sensación acerca de su esposo. ¿Era su parecer o lo había
notado…diferente? No se atrevía a regresar la mirada, probablemente lo haría
enojar si descubría que lo espiaba mientras tomaba el desayuno. Ya antes había
sucedido. Si por alguna razón lo miraba más de una vez estrellaba el plato contra
el piso y se marchaba de casa, cuando aún podía hacerlo, y no regresaba.
Después, en la vejez, solo aplastaba el plato contra las baldosas y salía
murmurando para su cuarto. Más tarde, en la noche, Irene tenía que dormir en el
cuarto de huéspedes. Así que prefirió distraerse en el arreglo de la cocina e
ignorar lo que su imaginación le insinuaba.
Justo después de que acabara de lavar la ropa se lo
encontró, de frente, al inicio de la escalera. Él bajaba a tomar sus pastillas.
Ella subía a cambiarse de ropa, porque siempre que lavaba le era inevitable
empaparse completamente. Irene lavaba a mano por dos razones esenciales: en
primer lugar, porque así se lo inculcó su madre desde pequeña; tendría doce
años cuando lavó su primera prenda por consejo de ella, unos calzones
manchados. Desde entonces no ha parado un instante. Ni siquiera cuando sus
hijos le insinuaron la compra de una lavadora, cuando aún eran pequeños y se
preocupaban de su salud. Su rechazo fue categórico entonces. No podía
comprender cómo una máquina haría mejor su trabajo. La segunda razón recaía
únicamente en su esposo. Como mujer tenía la responsabilidad de su hogar y su
hogar incluía el lavado de la ropa. Su marido jamás permitiría que alguien más
o una máquina realizaran su labor. Cada quién tenía un rol en la sociedad, en
la familia. La mujer poseía el suyo: ama de casa. Allí, parados en la escalera:
ella mojada y él indiferente, Irene sintió nuevamente que estaba frente a otro
hombre.
Quiso hablarle, comprobarlo. Sin embargo las palabras se
le atravesaron en la garganta y se atragantó. Él la miró esperando, tamborileando
con los dedos en la pared, moviendo su pie adelante y atrás, pero en vista de
la dificultad que tuvo para hablar hizo un gesto de fastidio con la mano y
siguió su camino parsimoniosamente. Atrás, avergonzada, Irene se sonrojaba.
Tuvo temor de preguntar, de hablar, de cuestionarlo. Dejó que siguiera,
prefirió quedarse con su inquietud a molestarlo. Nunca la había golpeado, era
verdad. Nunca la había insultado, también era cierto. Sin embargo el carácter
fuerte, duro, tosco, de su marido le provocaba miedo. Sus miradas penetrantes,
que la hacían sentir estúpida, impedían cualquier comentario de su parte,
cualquier tipo de participación, para no equivocarse. Antes, cuando aún eran
jóvenes y salían juntos, cometió demasiadas imprudencias y los puso en ridículo.
Hablaba de más, sin reflexionar, y, sin quererlo, provocaba las carcajadas de
todas sus amistades. Cuando llegaban a la casa su esposo no le reprochaba con
palabras su conducta. Solamente la marginaba a días de una soledad más profunda
de la que estaba acostumbrada. Con el tiempo aprendió a guardar silencio, a
hablar solo para responder, aun así, cuando respondía, también sentía que se
equivocaba. De igual manera se sintió ahí, parada en las escaleras: muda,
incapaz, estúpida. Se había puesto nuevamente en ridículo.
El día siguió su transcurso. Lloviznó un poco en la
tarde, acentuando el bochorno y el sopor habitual. También un olor a polvo se
levantó e invadió la casa. Luego empezó a caer la tarde, en un naranja que se
dibujaba sobre los tejados, mientras disminuía la dispersa lluvia, hasta su
desaparición. Una brisa cálida floreció sobre la ciudad. Las luces de las
farolas empezaron a encenderse, lentamente. El negro de la noche se tiñó de un
naranja artificial. En la casa, Irene continuó con sus labores comunes: barrió,
trapeó, planchó. Comenzó, cuando caía la noche, a preparar la comida. Sus hijos
pronto estarían de regreso y su esposo bajaría a cenar. Se habían encontrado un
par de veces más, de casualidad, en la casa. En ambas ocasiones permaneció la
sensación de desconcierto. Sentía a su esposo como otra persona. No reconocía
en él a quien habitualmente encontraba en los pasillos, en la cocina, en el
cuarto. Físicamente era el mismo, al menos eso creía. Quizá estaba un poco más
gordo ese día. Un tanto más macilento, un tris más escurrido. Su forma de ser
tampoco parecía otra. No habían hablado, como siempre. La rutina permanecía
estable. Él era indiferente, malhumorado, machista, como de común. Sin embargo,
Irene sentía que él estaba diferente. Esa certidumbre la estaba agobiando. La
sumía en profundas reflexiones sin sentido. Pensaba en qué sucedería si
descubría que él ya no era él, sino otra persona. ¿Podría seguir su vida de la
misma manera?
A su edad, después de tantos años conviviendo, ese
pensamiento le parecía absurdo. Cómo podía imaginar que su esposo ya no era su
esposo. No obstante la sensación era muy fuerte para que no sucumbiera ante
ella. Primero fueron sus ojos. Aquella mirada al desayuno la sintió extraña. Es
cierto, sus ojos obscuros mantenían la frialdad constante, el tono sombrío, el
furor penetrante; y el miedo que recorrió su cuerpo también era igual al de
siempre. A pesar de ello no podía sacar de su cabeza la sensación desasosegada
de mirar a otra persona. El rostro mantenía las mismas huellas de los años,
incluso la cicatriz pequeña que se hiciera en un accidente no estaba alterada.
La papada abultada y escurrida, la manzana sobresaliente, los dientes manchados
del tabaco y cariados de la edad, la boca gruesa, ajada, la nariz prominente y
ancha, las cejas pobladas, los parpados caídos, como sus cachetes, las orejas
grandes y su piel blanca se mantenían tal y como el día anterior.
No sabía qué era lo que estaba mal, sin embargo no
lograba apartarse de la cabeza la idea de que algo no encajaba en la realidad,
no comprendía aún si era en él o, acaso, en ella. Inexplicablemente, se sentía
nerviosa, no hallaba ningún detalle que le confirmará que quien compartía su casa
era un impostor. Las acciones, su comportamiento, su actitud, su físico, era el
mismo que conocía. No podía evitar desconocerlo como el hombre que compartiera
con ella los últimos 48 años de vida. A la llegada de sus hijos tenía ya
servida la mesa. A pesar de su preocupación, del malestar que sentía, la comida
tendría que estar lista, para no indisponer a su familia. Su esposo bajó a la
hora habitual, sus hijos permanecían a la mesa y ella estaba terminando de
arreglar la cocina. Ya comería luego, un poco más tarde. Irene se fijó en la
actitud que tomarían sus hijos frente a su padre, quería comprobar si actuaban
normal o también presentían un cambio en él. Sin Embargo, todo transcurrió como
de costumbre. Lo saludaron, como correspondía, comieron juntos y ellos se
dirigieron a sus habitaciones respectivas. Ella se acercó a la mesa, recogió la
losa y se dispuso a lavarla ante la indiferencia de su esposo. Nada parecía
distinto, todo estaba igual que siempre, pero la sensación le llenaba el pecho
de desconsuelo, los ojos de lágrimas y la garganta de deseos de gritar.
Su esposo volteó el rostro y la miró fijamente,
indiferente como siempre, como si solo le preocupara su tranquilidad. Los
platos habían estallado contra el piso y habían generado un fuerte sonido que
recorrió la casa. Hecho menos que común, porque Irene hasta ese momento, en los
48 años de convivencia, había sido sumamente cuidadosa con sus cosas y con la
armonía de su hogar. Sus hijos, debido al ruido, bajaron corriendo, preocupados
y sorprendidos; Irene temblaba. Es otro, cruzó por su mente de inmediato, es
otro y no sé por qué. No soportaba más esa sensación que invadía su mente. Su
rostro marchito se crispó y en una mueca de dolor e incertidumbre sucumbió a su
terror; en un grito desmedido, contundente y sin palabras reflejó la sospecha
que anidaba en su pecho, reveló, sin decirlo, que él era otro, que alguien más
poseía el cuerpo de su esposo, en tanto su mirada se perdía en el vacío
demostrando la confusión que albergaba su ser. Quería saber quién era y qué
deseaba, pero había quedado muda debido al miedo que embargaba su voz. Si
pudiera preguntarlo y no estuviera atragantada desataría el caos de su
interior. Después de realizar un gran esfuerzo, al fin, de sus labios expulsó un
murmullo, entrecortado e incoherente, en el que decía el cambio del que era
víctima su familia; el mundo le pareció más insignificante entonces, el mundo,
su mundo, careció de sentido; tenía miedo y temblaba por ello; y su familia, la
imagen que guardaba de ella, despareció en esa extraña angustia que le
desbordaba el pecho en un palpitar agitado, en un respirar trémulo con
violentas arcadas, que le dormía el cuerpo y le quemaba la garganta. Ante la
mirada atónita de su familia, de su esposo enojado, gritó, todo lo que pudo,
que él no era el mismo, sin temor al ridículo, sin temor al después. Y
descubrió, mientras se desvanecía lentamente, allí en la cocina, que en su
interior por él, por su verdadero esposo, aún sentía amor.


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