El viejo



Se levantó muy temprano. Son las cinco apenas y no tiene nada qué hacer. Va al baño. Orina un minuto mientras mira por la pequeña ventana, que está sobre su cabeza, cómo aún no aclara el día. Termina de orinar y se queda otro instante contemplando el cielo, con su hombría aún afuera y sin sacudirla siquiera.
Descubre que ya ha hecho lo único que podía hacer por ahora. Entonces, se devuelve y se sienta sobre su cama. Apoya sus manos sobre el colchón y siente cómo se pierde poco a poco la tibieza que había dejado su cuerpo. No es una madrugada fría, aunque tampoco calurosa. Decide recostarse otro momento, “pa' pasar el rato”, se dice bajito para no despertar a nadie. Pone su cabeza sobre su almohada, pero no duerme ya. Mira el techo y recuerda con añoranza su vida pasada. “Si al menos pudiera chuparme un tabaco” piensa. Sin embargo, desde hace muchos años, ya no recuerda cuántos, su hija mayor no se lo permite. Se voltea y queda de lado, sin embargo se siente incómodo y decide volver sobre su espalda. Saca más o menos las cuentas de cuánto tiempo vive ahí, con su hija. “¿Diez años?”, se pregunta indeciso. “Sí”, se responde después, “diez años”. Intenta también sacar las cuentas de su edad, pero después de un rato descubre que no es capaz. Como consuelo se dice que aún es joven, y se pone por lo menos cincuenta años, se ríe bajito mientras se afirma que deben ser más de ochenta.
Mientras piensa si debe o no bañarse hoy, le llega un recuerdo muy lejano y duda si en realidad sucedió. Se ve en el cafetal de su casa, ayudándole a su padre a recolectar café, con una totuma, hecha de una pimpina, atada a su cintura; recogiendo el rojo y dejando el verde, en una mañana fría, lluviosa y con la sensación pegachenta que le iban dejando las matas en sus manos. No reconoce el rostro de su padre, pero sabe que es él quien lo lleva por los surcos y le explica cuál es el que ya está bueno y cuál debe dejar para después. Siente una extraña felicidad al recordar el trabajo en el campo. A pesar de que en aquel entonces de seguro lo habría sufrido a causa del frío y de la madrugada.
También recuerda que su padre lo golpeó, no sabe si el mismo día o alguno después, por irse a jugar en un riachuelo que pasaba por allí y haber perdido su pimpina con el café recolectado. Le dejó morado todo su cuerpo y lo insultó largo tiempo; “sí, el recuerdo es mío y es cierto” se confirma. En la habitación se escucha de sus labios, con un dejo de cansancio, “viejo marica” y se calla temeroso de que alguien lo oyera. Se toca el cuerpo y descubre la primera cicatriz que hay en él. “Es de aquel día” reconoce para alimentar su odio por el viejo y olvida, amargamente, la felicidad tan pasajera que tuvo al recordar los cafetales. La herida le cruza parte de la pierna y aún si se pasa la mano la siente. “Por aquí pasaron muchas manos” murmura, sintiéndose muy hombre, más hombre que últimamente. Intenta recordar con desespero la primera vez que estuvo con una mujer, la primera que tocó aquella cicatriz. Sin embargo, se le confunden los rostros; cuando logra ponerle algunos a los cuerpos que imagina no puede más que dudar si en verdad fueron de ellos. Recuerda un nombre: “Eugenia” se dice, “debió llamarse así” se corrobora, pero él sabe que se miente, fue el primer nombre que se le ocurrió y el que más se le pareció al retazo de imágenes que pudo armar con sus torpes recuerdos. “Eugenia” se repite, “qué tetas tenía”. Se consuela en su soledad, pero ya no siente ningún escozor en su cuerpo, se siente muerto antes de tiempo. “Al menos ya no sufro por esas necesidades y no tener con quién satisfacerlas”, se conforta. Respira profundo por Eugenia, si acaso fue ella, la primera que lo probó, la primera que sintió sus manos y su fuerza, la primera que sintió su cicatriz, alguna noche o alguna madrugada. Pero, mientras se deleitaba con la imagen de Eugenia, le llega, de súbito, otra imagen desvaneciendo la de ella, “vieja pendeja” exclama pensando en su mujer. “Vieja puta” exclama con rabia, “puta, puta, puta” casi grita de la furia que le da recordarla. Hace un movimiento con su mano intentando alejar el recuerdo. Sacude su cuerpo como despercudiéndolo de la sensación desasosegada de la “vieja puta” debajo de él alguna noche.
Pone las manos sobre su pecho y abre los ojos un poco más intentando definir una figura en la obscuridad de su cuarto. Se le confunden las sombras con la imaginación y crea seres inexistentes para distraerse. En esas, empieza a sentir más calor del adecuado que le destruye la figura del diablo –su mayor obsesión-  que había formado. “Hijueputa colchón de mierda” insulta desaforadamente, pero al menor volumen posible. “Mierda, mierda, mierda, ya se calentó otra vez”, siente con desespero cómo su cuerpo se quema. No obstante, sabe que si le dice a su hija que el colchón no sirve, porque en las noches hierve y cocina su espalda, ella no le pondrá el más mínimo cuidado. No le gusta la condición en la que vive de arrimado y en medio de un suspiro exclama con abrumadora tristeza: “Uno tan viejo y mantenido” lamentándose para sí mismo, sintiéndose cierta lástima, aunque la verdad le dan ganas de gritarlo y rebelarse. “Al menos tengo salud” se dice para calmarse, para decirse que, a pesar de no ser tenido en cuenta, se encuentra bien para su edad. “Otros más chinos están que se mueren por ahí” murmura mientras se ríe de la desgracia ajena, lejana de cualquier consideración por su parte, porque desde pequeño aprendió a ser egoísta; con el trato que le daba su padre, a pesar de que no recuerda su rostro, se le quedó impregnado el odio hacia el mundo y la indiferencia hacia el sufrimiento impropio. Sin embargo, él sabe que su familia no está exenta y que también puede enfermarse. “Virgen santísima nos ampare y nos proteja”, ruega, luego, por su familia y por él, por su hijo enfermo; si bien no comprende la magnitud de su enfermedad ni le da la importancia que se merece, cree que es su deber de padre suplicar por su salud. Carraspea su garganta, y se para a escupir en el callejón que está después de su cuarto.
Se reclina nuevamente, pero con la lentitud que dan los años. “Este hijueputa colchón aún está caliente” murmura mientras sacude las sábanas. Siente venir a alguien del cuarto próximo y se recuesta nuevamente. Siempre, desde que está allí, alguien tiene que pasar por su cuarto; ya sea por la ropa en la colgadera o para ir a la habitación de enseguida. Esta vez, su nieto se ha levantado y pasa por su lado. Él cierra sus ojos simulando estar dormido. Escucha cómo se abre la puerta del baño y cae la orina al inodoro. Durante un instante no puede pensar en nada, el ruido lo distrae. Cuando ha terminado, espera con sus ojos cerrados a que pase su nieto de nuevo por su cuarto. Los abre y lo ve cerrar la puerta para aumentar la oscuridad interminable de su habitación que le anuncia que aún no amanece.
“Qué habrá pasado por la casa” se pregunta, recordando nuevamente al hijo que está enfermo. “Esa vieja marica ni lo habrá ayudado”, exclama culpando a su mujer de no servir para nada, de no haber sabido cuidar a sus hijos, hombres ya hechos y derechos, pero de mentes limitadas. Ella siempre ha sido la culpable de las desgracias familiares. Ella y todas las mujeres, porque para él las mujeres jamás sirven para algo y muchas veces estorban. Se reprocha, al pensar en ellas, cuando se dejó quitar, de su mujer, la finca, sin pelear siquiera. Recuerda cómo lo corrió y lo alejó de todo aquello que le pertenecía, aquello por lo que trabajó, luchó y pagó, mientras que ella lo único que hizo fue casarse con él. “Cómo si yo no fuera también dueño, me imagino que la vieja se la pasa metiendo hombres todo el tiempo, la muy puta.” Insulta como para reconfortarse porque su mujer hubiera decidido no estar más con él, para sacarse la humillación del abandono que lo carcome por dentro. Lo abandonó el último día que decidió golpearla. “Ese plato no se lo hubiera comido ni el perro”, se dice para validar su acción, para asegurarse de que el ataque era necesario; aun después de tanto tiempo cree que era su derecho. “Además no le pegué muy duro”, murmura mientras se toca el puño. Lo levanta para verlo a través de la poca luz que brota aún de la luna. Aquel mismo puño con que golpeó a todos sus hijos. Con que golpeó a su mujer y a quién sabe cuántos más; ese mismo puño ya se ha ido marchitando y no posee la fuerza de antaño. Viéndolo a contraluz de la luna, viene a su memoria la primera vez que alguien de su casa trató de defenderla. “Cómo le volví la geta” se dice, seguro de que era lo correcto. Había sido una hija la que defendió a su mujer. La golpeó hasta el cansancio aquella mañana por intervenir, como piensa ahora: “en asuntos que no eran de su incumbencia”. Él no podía saber, en aquel entonces, que, tantos años después, ella misma lo mantendría. Por ende, siente una extraña sensación de desconcierto. Como empieza a angustiarse, al pensar en ello, vuelca su pensamiento hacia sus hijos varones, que, se asegura, le salieron maricones, al ser ya viejos y solterones. “Esa vieja los consintió demasiado, por eso también debí partirle la jeta, ahora serían más hombres”.
***
Piensa en si ya será hora de levantarse, pero decide estar así otro rato más. “La vieja Magola qué se habrá hecho”, recuerda a la amante que tuvo por algunos años: la visitaba los lunes y los jueves sin falta después de jugar al Bolo y de tomarse unas cuantas cervezas. “Ya ni bebo” se dice, al recordar que la cerveza le hace daño, que el aguardiente le hace daño, del ron ni hablar y de los otros tragos siempre aseguró que eran para ricachones. De esos conoció muchos, ricos, pero el que más recuerda es al compadre Alberto, quien bautizó a alguno de sus hijos. “¿Ya se habrá muerto el viejo pendejo?” se pregunta “¿A quién le habrá dejado todo ese platalón que tenía? A la moza, mínimo” se responde con un dejo de cansancio, con la extraña sensación de envidia para los viejos que se acercan lentamente a la muerte. “Magola” repite su nombre intentando recuperarla. Sin embargo, no recobra todo su retrato ni le quedan muchas energías para volver a traer del olvido toda la pasión que vivieron juntos. Cierra los ojos por unos minutos intentando dormir. Piensa, mientras, en la noche en que su hija mayor le dijo que quería casarse. “Al menos se consiguió un buen tipo” se reconforta al pensar en su yerno, con quien vive ahora. También piensa en las palabras que les dijo cuando se reunieron con él en la sala de muebles rojos y rotos de su casa vieja: “si se decidieron casar se la puede llevar de una vez con usted. No quiero que después se me metan a la casa y no los saque ni el mismísimo diablo”, les replicaba con amargura y desconcierto en aquel tiempo. Ya han pasado muchos años desde entonces y piensa que nadie hubiera imaginado que ahora tuviera que vivir de arrimado con ellos. “Uno debiera morirse de una vez cuando ya no sirve pa’ trabajar” murmura con cierta angustia existencial, con el aburrimiento de una casa ajena donde no tiene voz ni voto. Lo de morirse no es nada nuevo, desde muy pequeño le atrae la muerte y recuerda la primera vez que la vio de cerca. Iba por la peña con un  brazado de leña para la cocina cuando vio a un señor tirado a un lado del camino. “Estaba todo despeñejado” se dice al traer de su memoria las heridas. Intenta reconstruir la sensación que tuvo al puyarlo con un palo, pero ya no la sabe. Tampoco sabe muy bien si lo conocía, pero recuerda que lo miró muchas veces subir y bajar en su mula. Alguna vez se atrevió decirle que lo dejara montar, sin embargo se ganó uno que otro insulto y un pellizco en alguna ocasión en la que se acercó demasiado. “Hijueputa viejo, ojalá se esté quemando en el infierno” y sonrió imaginándose al diablo puyándole el culo como él lo había hecho con el palo el día de su muerte.
También vio muerta mucha más gente, pero ya se le trasponen las imágenes y, piensa, sin quererlo, como un reflejo, en el momento en el que murió su madre. Pero no logra recordar muy bien su imagen, ni aquella cuando estaba viva ni aquella en el ataúd después de muerta. Ya los años la han ido borrando de su memoria y, ni tan siquiera, logra sentir nostalgia de ella. “Mi mama”, suspira lentamente con una leve sensación de pena. De su padre, es poco lo que recuerda, se fue cuando era pequeño y ahora y, tal vez, nunca le dio importancia. “ya también estará muerto”, piensa; mientras reconoce que solo tiene el recuerdo del cafetal y de la cicatriz de su pierna.
 El último muerto que sabe haber visto no lo conocía. Un día que estaba en el parque, después de estar sentado un buen rato en una banca, y cuando se cansó su cola de la madera podrida, subió por la calle principal y en la funeraria central velaban a un muchacho asesinado por robarle unos zapatos. Sin importar que el deudo fuera ajeno se acercó al ataúd y puso mueca de desagrado. “Mínimo era matón” exclamó ojeando la cara que tenía el joven. Estuvo mirándolo un buen rato y salió con la parsimonia de los años. Cuando estuvo en la calle, aquel día, respiró y murmuró para sí mismo: “mejor que lo mataran”. Y caminó despacio rumbo a su casa.
***
Escuchó abrir una llave del baño. De pronto su hija ya se levantaba a abrir el negocio o su yerno se iba a trabajar con el carro. Volvió a fingir que dormía, “por si acaso” pensó, no quería hablar con nadie todavía. Sacó las cuentas de la plata que le debían algunos conocidos; desde que la vida lo pensionó prestaba uno que otro centavo, más por ocupe que por negocio, pero de esa plata, en realidad, poco sabía. “Malparíos, me deben hasta los calzones que tienen puestos”, insultó al darse cuenta de que hace mucho que no le paga nadie. “Si tuviera esa plata les ayudaría pa' la casa”, murmuró recordando que su hija, con quien vivía, tendría que irse de allí, debido al termino del contrato de arriendo, y no encontraba para dónde. Imaginó que escogía cuál casa y en dónde la compraban. Y recordó, a su vez, la casa vieja, la suya. Cómo la construyeron en la finca, con su familia, con ladrillos artesanales, hecho con sus manos. También se supo muy viejo cuando reconoció que la casa ya se estaba haciendo pedazos, como él. “Por la envidia, así como se acabó el agua en la finca, todo lo acaba la puta envidia”, murmuró, reconociendo que su esfuerzo había sido infructuoso y que al final casi no le quedaba nada. La envidia que se tenían, el egoísmo había ido destruyendo todo por descuido, olvido y la total falta de uso. Ya había pasado con el agua, la tierra no producía nada y por más hoyos profundos que hicieron solo encontraron más y más piedra. “Por la puta envidia”, exclamó, “que la vieja se quede con todo si le da la gana, o si no que vendamos y repartamos”, se desafió y la desafió a ella a lo lejos y, a la vez, Anheló tener la plata para ayudarle a su hija mayor con la casa que estaba necesitando; pero no lo harían, no se sentarían juntos a concertar la venta; al menos mientras estuvieran vivos preferían que la finca se desvaneciera en el abandono que venderla, y, por lo tanto, jamás tendría el dinero. “Si me pagaran”, suspiró, pero él sabía que no le pagarían, ya no.
***
Carraspeó nuevamente la garganta, se paró y salió de nuevo al pasillo a escupir. Aún no amanecía. Sintió ganas otra vez de ir al baño, pero prefirió acostarse otro momento. “Cuando me levante para salir meo otra vez”, se dijo para evitar las ganas. Luego, casi de inmediato, se puso a quejarse, porque sintió que le dolía el pecho. Además se estaba quemando por dentro. “Colchón de mierda”. Se paró para voltearlo mientras murmuraba: “A ver si por el otro lado está más frío”. Pero no, al recostarse nuevamente sintió que se quemaba la espalda. “Hijueputa” casi gritó con desolación. “Me voy a tener que levantar”, murmuró con voz cansina y confusa.
***
Va hasta el baño. Orina unos veinte segundos y no alcanza a mirar por la ventana cuando ya ha terminado, chorreando un poco sus pantalones. Lo guarda y sube su cremallera. Antes de apagar la luz del baño, mira su reloj y descubre que son las 5: 20 de la mañana. “Mierda, este marica reloj se atrasó otra vez” se consuela incrédulo, pero no, él lo sospecha muy bien, sospecha que el tiempo ya no corre como siempre.

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