I
–– Me voy de esta puta casa, para no volver jamás –les había dicho con seguridad, con la voz firme y orgullosa del que no siente nostalgia. Hubo unas lágrimas, inevitables, en los ojos de su madre, que alcanzó a ver antes de girar, antes de hacer real la despedida. Oyó también que los perros ladraban a su espalda, los dos que cuidara hasta el cansancio, como si también lo retuvieran, a su modo; pero no volvería el rostro, no mostraría debilidad antes de partir. En su mente todo estaba claro, no era él quien se equivocaba, eran ellos quienes confundían la vida con la tierra, sus existencias con ese campo; no tendría razones para quedarse y, se reiteraba, tampoco volvería. Los años pasados, las ilusiones perdidas, los conflictos internos, tanto miedo acumulado, ¿Por qué habría de regresar? Al final, siempre era lo mismo, nada cambiaría; otros antes que él ya habían marchado a otras tierras menos baldías, más humanas; él también quería otra vida, aunque tuviera que empezar de nuevo, aunque tuviera que inventarse un lugar dónde estar, aunque tuviera que imaginarse un mundo entero.
Hubo un tiempo en que estuvo inseguro acerca de su deseo de marcharse. Cuando pensaba en su familia, en abandonarlos a su suerte, y en la falta que le harían. Sin embargo, sentía necesidad de encontrar nuevas oportunidades que allí no existían. Quiso alguna vez que todos marcharan juntos; les rogó entonces a sus padres, a sus hermanos, pero el apego y el miedo a la nostalgia los llevó a rechazar cualquier propuesta que pudiera hacerles. Fueron varios meses de disputas y de persuasiones inútiles que lo llenaron de un orgullo que desconocía y que lo impulsó a reconocerse solo y dispuesto a olvidarlos.
Antes de marchar, habían desaparecido dos jóvenes más, casi niños.
–– Sí, era verdad –le decía a todo el que intentaba persuadirlo– soy mayor de edad, pero siempre cabré en las listas que ellos realizan.
No es que les tuviera miedo, pero en su tierra tampoco llegaría a ser alguien más que un campesino asediado. Tampoco saldría adelante en esas montañas agrestes abandonadas a las mediocres capacidades de sus habitantes, abandonadas al miedo, al conformismo.
Después de que reunió el dinero que le hacía falta, supo que ya no habría retorno, que su ida ya sería inevitable. Empacó lentamente sus cosas, y pagó las deudas que aún lo ataban.
–– Con los hombres y con Dios –murmuró al abandonar el confesionario–, estoy en paz.
Cuando se supo libre, tomó sus cosas y pronunció con la intención de ser oído, con decisión en sus labios.
–– Me voy de esta puta casa, para no volver jamás.
Su madre, sentada frente al televisor, volteó y lo observó detenidamente, balbuceó y, con las manos en el rostro, rompió en llanto. Él ya giraba hacia la puerta. También los perros rompieron a ladrar y atrás todo fue pasado por primera vez, un pasado que iba a olvidar.
II
Habían pasado veinte años y siete meses. No sabía por qué, pero, inconscientemente, había llevado la cuenta en su memoria y solo tenía que pensarla para saber el tiempo transcurrido. No había triunfado como esperaba, pero vivía cómodamente, libre y dichoso, sin tormentos. Se había casado y se había divorciado después de varios años, cuando supieron que él no podría tener hijos. No tenía atamientos. Ya solo y entregado a su trabajo, había encontrado el sosiego que tanto anhelara alguna vez. Esa soledad lo llenaba como antes no hubiese creído que algo pudiera hacerlo.
Una mañana de esas, una mañana cualquiera, una noticia que oyó sin querer en una televisión, de pasada, mientras caminaba junto a un centro comercial, lo lanzó sin frenos hacia su pasado: hablaban de la guerra que aún continuaba en su tierra. No comprendió muy bien la información, porque no se oía claramente, aunque las imágenes bastaron para saber que todo andaba peor. A través de bombas y destrucción, veía caminar a niños frágiles, abuelos seniles, débiles, corriendo de aquí para allá entre estragos; ninguna flor entre los destrozos. Caminó más despacio desde entonces esa mañana, como buscando tiempo para recordar, tiempo para acortar veinte años de distancia. No pensaba mucho, ni en la noticia, ni en el trabajo; solo sentía una leve presión en el pecho, un suspiro atragantado entre lágrimas.
Cuando se sentó, al llegar a su trabajo, todo volvió de repente: su familia, a la que no había escrito ni una línea, ni siquiera para decirle que estaba vivo; sus amigos –no podía decirlo; no se atrevía a llamarlos amigos–; sus dos perros que tanto había querido. Allí, sentado en su oficina, con las manos entrelazadas, la mirada puesta en el vacío, y con un profundo desespero en su cuerpo agitado, rompió a llorar desconsoladamente. La nostalgia lo invadió, y todo fue un pasado que lo carcomía, un pasado que había mantenido a raya y que regresaba inexorablemente.
III
Había descendido del avión aproximadamente una hora antes. Muchas cosas cambian en veinte años, aunque él iba guiado por la nostalgia que lo embriagaba. Ya llegaría. Ya se sentaría a hablar y a pedir perdón por el tiempo perdido, por los años de angustia. Se bajó del taxi al borde de montaña, en el inicio de la línea entre matorrales que lo llevaría a casa. Una sensación suave y dulce le llenó los labios: la palabra hogar afloró desbocada en su memoria. El taxista le murmuró, antes de marcharse, que muchas cosas no estaban como antes. Él lo sabía y le daba miedo, pero no respondió. En silencio, pagó y vio cómo se alejaba el primer contacto con su historia. Subió a pie como tantas veces antes de irse. Subió con los ojos llenos de recuerdos apacibles, con el viento rozándole el rostro, con la sensación de pisar la tierra y de llenarse de polvo los zapatos. Subió a paso firme, pero tembloroso el cuerpo. No veía muy bien a causa de una niebla espesa, pero sabía que ese era el sendero. Todo regresaba a su nostalgia; pudieron pasar veinte años, pero la senda era la misma, la niebla también, porque lo guiaban sus recuerdos.
Cuando pudo ver la casa, estaba realmente cerca. Había un fuerte olor a guardado, a años puestos unos sobre otros, a años idos, a descuido. La casa estaba muy sucia, y pensó que era el tiempo. También las puertas y las ventanas yacían desvencijadas, y pensó que era su olvido; su olvido lo había causado. La puerta principal estaba abierta y la sala, casi vacía, y pensó en que hacía falta otro mueble y una mesita que ocuparan ese espacio. Quiso tocar, pero temió ver los rostros del pasado muy diferentes, sin un mediador, sin darse más tiempo. Tenía miedo al presente. Esperó un momento para que lo descubrieran allí parado y absorto, para no sentirse de vuelta de un futuro tan lejano, eran veinte años; para sentirse que regresaba de un día de trabajo a su casa. Esperó, pero no oyó nada; solo un profundo silencio. Esperó otro momento, y tocó fuertemente, con un ímpetu que desconocía. Tocó nuevamente, y pensó que la puerta se vendría al piso, sin remedio. Recordó la despedida y todo el ruido que hubo, su madre llorando, su demás familia murmurando, los perros ladrando; y supo que el regreso era siempre silencioso y frío, lleno de brisa y de moho, de polvo en los zapatos. Tocó nuevamente, e ingresó, sin más, de prisa, como con afán de hallar, de hallarse perdido en algún rincón, veinte años antes. Cruzó el callejón, y vio los cuartos abiertos y vacíos, llenos de polvo; entró a la cocina, donde tantas veces viera a su madre, y encontró el olor de un sancocho sin terminar, cocinándose en el fogón de siempre, y perdió el aliento aspirando profundamente. Volteó para seguir camino y hallar a alguien. Un dolor en la memoria sacudió su cuerpo. Miró nuevamente cuando salía, con los ojos de la verdad, para percatarse, con fatiga, de que la estufa estaba vacía, de que se había engañado. Cruzó hasta el patio donde creería ver a su familia reunida, jugando, cocinando al aire libre sobre unos ladrillos en la olla con el culo quemado, al lado del guayacán de flores amarillas, como antes; donde su madre arreglaría la gallina para el almuerzo; la gallina que se pondría en la olla, su bienvenida. Sin embargo, estaba seco y desnudo, el patio solitario; el guayacán ya no estaba, lo habían tronchado, y el tronco aún se mostraba sobre la tierra. Miró los ladrillos desmoronados, buscando los recuerdos; miró a la izquierda, donde estuviera la jaula para encerrar sus mascotas, y descubrió la reja abierta de par en par, oxidada, rota, olvidada, muerta. Tampoco estaban sus perros.
–– Veinte años, veinte años –murmuró, mirando el profundo vacío de su pasado– no sobrevivirían.


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