Se mecía suavemente. Se frotaba la cara con sus manos destempladas, arrugadas por los años. Se frotaba el rostro mientras se movía suavemente adelante y atrás. Llevaba un vestido azul, largo, que dejaba al descubierto unos alpargates de fique. La mecedora estaba hecha de madera fina, gastada, y se ubicaba en el portal de entrada de una vieja casona amarillenta debido a la lluvia. Lloraba.
--Estoy
llorando -murmuraba.
--¿Por
qué llora, tía?
--¿Dónde
está Flor? ¿No viene con usted?
--No,
estoy yo solo.
--¿Por
qué Flor no viene?
--No
sé…
Un
silencio cruzaba en forma de brisa. La anciana miraba con curiosidad al recién
llegado mientras preguntaba tercamente por Flor, su hija. El visitante se
acercó lentamente y le obsequió su mejilla que ella besó plácidamente, con un
calor de madre y de vejez. Luego, preguntó:
--¿Quién
es usted?
--Su
sobrino, Jacinto. ¿No me recuerda?
Jacinto…
murmuró saboreando el nombre como vino a través de sus recuerdos. Lo miraba
fijamente y escrutaba sus ojos. Se notaba el esfuerzo que realizaba para traer
a su memoria la persona olvidada, a pesar de que se encontraba en frente de
ella. Ah… murmuró nuevamente dándole la sensación de haber sido recordado. Hubo
más silencio entre ellos, al fin roto por la anciana que insistió:
--¿Pero
usted no ha visto a Flor, mi hija?
--No
tía.
¿Tía?
Se preguntó con un murmullo. Nuevamente lo ojeó para cerciorarse de conocerlo.
No lo recordaba muy bien, pero se le parecía a alguien que no lograba traer a
su memoria.
--¿Quién
es su madre?
--Yo
soy hijo de Rosalba.
Ah,
pareció comprender por fin con quién hablaba desde hace un momento. Lo miró con
una sonrisa en el rostro y con sus ojos llenos de alegría. Suspiró como
despreocupándose de su sufrimiento, del llanto que hacía solo un momento
ocupaba su mente.
--Mis
hijos, Flor, Esperanza, Roberto y Jacinto. ¿Dónde está Flor?
--No
sé, tía.
Aunque
Roberto y Jacinto no eran sus hijos los consideraba como tales al llevar los
mismos apellidos que sus hijas. Cuando ella y Rosalba eran jóvenes llegó a su
pueblo, desde muy lejos, una familia compuesta por el señor y la señora Torres
y sus dos hijos. Dos muchachos muy simpáticos y bien parecidos que robaron sus
tiernos e ingenuos corazones. De ello habían pasado muchos años y quedaban como
recuerdo cuatro complejos seres humanos. Además de los apellidos, sus sobrinos
pasaron muchos ratos amenos a su lado y ella no olvidaba, a pesar de sus
achaques, el cariño que les tenía desde pequeños. La anciana nuevamente empezó
a llorar. Lloraba tranquilamente, con las manos en el rostro ocultando su
dolor.
--¿Por
qué llora, tía?
--Rosalba
murió. Pobrecita mi hermana.
--Sí
tía. Murió. Pero ya hace mucho tiempo.
--Y
¿Cómo están ustedes?
--Bien
tía gracias. ¿Puedo pasar?
--Sigue
hijo. Sigue.
Se
sentó en los muebles cafés que llenaban la sala. Parecía que por el momento
nadie más se encontraba en la casa. Su tía tomó parsimoniosamente asiento en el
sofá del frente. De nuevo lo observó largo rato. El silencio invadía ahora la
casa. Jacinto observaba alrededor y se percataba de lo vacía que estaba la
sala. Un par de retratos de Esperanza y su familia con quien vivía doña Etelvina,
su tía. Un diploma de bachiller enmarcado en bordes dorados y un televisor
acomodado sobre una mesita. Un gato se estiraba perezosamente al otro lado de
la sala y se disponía a salir de la casa.
--¿Cómo
está, tía?
--Bien,
hijo. Y Flor ya viene…
--No
sé. ¿Y Esperanza?
--No
la quiero ver. Yo quiero que venga Flor.
Etelvina
recordaba con gran nostalgia el tiempo pasado junto a Flor, los años
compartidos, los momentos especiales de ternura y comprensión que ella le prodigaba,
pero que debido a su trabajo fueron cortados de tajo cuando más la necesitaba;
se sentía cada vez más vieja y ajena al mundo, sin fuerzas y sin voluntad para
seguir adelante hacia un futuro incierto, nebuloso y vacío. Al no poder hacerse
cargo como su madre lo requería Flor tuvo que pedirle a Esperanza que se
ocupara de la anciana. Sin embargo, su madre no le sentía afecto alguno. Fueron
muchos años de distancia que ahora pesaban en la relación. Esperanza la trataba
lo mejor que podía, pero no soportaba muy bien los caprichos de su madre. En
ocasiones se sentía agobiada por la responsabilidad y se marchaba por algún par
de horas para descansar de su cuidado. Cuando llegó Jacinto se encontraba
vigilando unas vacas de su propiedad y regresaba lentamente hacia su casa.
Cuando entró notó que había alguien más y se fijó en quién era. A pesar de los
años Jacinto no había cambiado mucho y pudo reconocerlo sin dificultad, a
diferencia de la anciana.
--Hola
Jacinto, ¿Cómo está?
--Hola
prima, bien, gracias. Y ¿Usted?
--Un
poco cansada, pero en la lucha.
--Mire,
le traje esto.
--Gracias.
Hubo
un silencio profundo. No tenían nada más qué decirse. Esperanza saludó a su
madre quien evitó encontrar su mirada. Esperanza siguió a la cocina y Etelvina
volteó a mirarla. Después miró a Jacinto y le murmuró en tono confidencial: No
me la aguanto. Luego regresó Esperanza con un café y pan para Jacinto. Mientras
tomaban el café se preguntaron mutuamente por sus vidas y en frases cortas
respondieron que en realidad estaban bien. Etelvina preguntaba constantemente
por Flor y esto le dolía intensamente, le contó Esperanza. Nunca se había sentido
querida por su madre y cada vez se distanciaban más, afirmó. Jacinto captó que
se había creado una brecha que ya ninguna de las dos intentaba saltar. Etelvina
solo lograba encontrar sosiego cuando Flor iba, pero ello sucedía en contadas
situaciones. El trabajo no le permitía visitar a su madre más a menudo y la
anciana se la pasaba sentada llorando a fuera en la mecedora esperando a que su
hija llegara. Cada vez que alguien la visitaba hablaba mal de Esperanza y les
decía que la llevaran con Flor, porque ella sí la quería. Jacinto escuchaba
atento sin saber qué responder a lo que le contaba Esperanza. Solo de vez en
cuando afirmaba. En otras negaba, según la orientación que la prima le daba a
la conversación. Después de un nuevo largo silencio Jacinto les dijo:
--Tengo
que irme ya.
--¡Tan
pronto!
--Puede
llevarme con Flor.
--No,
tía. Voy para otra parte.
Ah,
dijo la anciana mientras Esperanza la miraba con reproche. Jacinto se despidió nuevamente
no sin antes desearles buena suerte. Ellas respondieron y le desearon, a su
vez, buen viaje. Salió a la calle, ya no llovía, y sintió que la brisa lo animaba y que los
rayos del sol anunciaban una tarde cálida. Volteó a mirar con nostalgia y notó
que adentró Etelvina ponía sus manos sobre su rostro y empezaba a llorar
nuevamente.

Me gustan sus cuentos. Bien
ResponderEliminarMe alegra mucho que mis cuentos sean de su agrado. Un abrazo.
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