El día en que Irene perdió la compostura


Pintura de: Umberto Boccioni

I

Irene se levantó muy temprano, tal y como lo hiciera los últimos 48 años de matrimonio, a preparar el desayuno para su esposo, sus dos hijos, que salían a cubrir sus puestos, y para ella. Abrió suavemente la puerta para no despertarlo; siendo a penas las 5:30, quería dejarlo dormir hasta la hora adecuada, para evitar su malgenio y amargura. Entró en el baño de la sala, no utilizaba el de su cuarto por los mismos motivos, ya mencionados. Se refrescó el rostro y se arregló un poco frente al espejo. Se observó varios minutos y no pudo evitar rememorar sus años mozos, aquellos en los que permanecía horas sentada transformándose. Ahora su piel marchita y delicada no soportaba las cremas y los polvos, sus ojos caídos no requerían lápices azules ni sus labios, agrietados y amargos, más carmín. Se quitó el piyama y se puso un vestido de flores, terso, cálido, a penas para el día caluroso que se aproximaba. Aún sus hijos no se levantaban. La obscuridad tampoco daba paso a las primeras luces del alba. Su esposo dormiría hasta las 7 de la mañana, en el momento en que el periódico llegaría a la puerta. Sus hijos estarían marchándose, ella sirviendo la mesa y la vida moviéndose hacia adelante, como siempre. Sentada en el wáter se sentía bien al descubrir su rutina y la calma de sus años postrimeros, sentada sentía correr la brisa fría de la madrugada entre los pliegues de su piel ajada.

La cocina ha sido su segundo hogar. La cocina es ya gran parte de su vida. Un poco por machismo, suyo y de su esposo, otro poco por gusto, había descubierto en la cocina una pasión, una pasión mayor que el sueño efímero de ser médico, o aquel de ser una modelo reconocida mundialmente. La cocina se había convertido en un mérito sin testigo, en un triunfo propio, único, individual y sumergido en el olvido de la cotidianidad. Quizá hubiera podido luchar por darse a conocer, pero ya era tarde para ello. Aun así disfrutaba de su oficio familiar. Disfrutaba el madrugar para encerrarse en ese cuarto que conocía tan bien, en el cual estaba a sus anchas y en el que podía dar rienda suelta a tanta fantasía comprimida sin ser juzgada, condenada o sencillamente criticada. Allí, donde pasara fantásticas horas familiares, angustiosas horas de congoja y derrota, allí sentía que todo había valido la pena, y en esa llenura espiritual, en esa frescura mental la felicidad, si acaso podría considerársela, parecía inquebrantable.

Sus hijos siguieron su rutina. Se levantaron, entraron a los baños, se arreglaron, desayunaron, dieron las gracias y se marcharon. Había aprendido a querer esos instantes, efímeros, fríos, sombríos, a veces, como la mejor representación de amor que podrían darle. Quizá una sonrisa que se les colaba en sus rostros ocupados, profesionales, motivaban el transcurrir de sus días. Quizá alguna noche en la que regresaban agotados un suspiro y una mirada cálida validaban su esfuerzo callado y constante. Así les dijo hasta pronto con un beso rápido sobre unas mejillas mayores. Así los vio partir en su solitaria silla junto al televisor de la sala. Se oía el agua correr, mientras tanto, arriba en su habitación. Señal inequívoca de que la vida continuaría su curso.

Arregló la mesa, limpió las sobras que quedaran sobre ella. Calentó levemente el desayuno en el microondas. Puso todo en orden y a disposición de su esposo. No podía negarlo, lo había querido hasta los huesos, pero los años pasan, todo pasa, la vida pasa, el amor pasa, los cuerpos pasan. Ya no sabría definir un sentimiento hacía él, al menos algo diferente a la costumbre. El amor, y todo lo que ese concepto abstracto conlleva, había quedado rezagado, ubicado entre los años idos. Lo quería, quizá podría decir eso, no existía otro término; lo quería, de ello estaba segura, porque aún sentía un pálpito, aún tenía el temor de que no despertara de nuevo. Lo quería, y se conformaba con esa certidumbre, como se había conformado, antes, a tantas cosas en su vida.

II

Bajó despacio. Sus piernas gordas, amplias, se habían vuelto débiles y solo lograban sostener su peso. Bajó con cautela, con una lentitud exasperante para cualquier joven. A su edad una caída podría significar la muerte y él tenía todavía muchas ganas de vivir. Por eso aseguraba un descenso exitoso y tranquilo. Cuando mandó a construir la casa y ordenó ubicar el cuarto principal, su cuarto, en el segundo piso aún era joven y vigoroso. No pasó en ese entonces por su cabeza las dificultades que le traería en su vejez. Sin embargo, por cuestiones de orgullo, de principios, no había permitido que lo reubicaran en la primera planta. Irene, con el apoyo de sus hijos, le había insistido algún tiempo. Le había mostrado los beneficios y le había señalado que era lo mejor para su salud ya en deterioro. Irene también le insinúo que para ella sería más cómodo. No obstante, como patriarca moriría en su morada, por más dificultades que eso le trajera. Cambiar de idea hubiese significado el desmoronamiento de su posición, el reconocimiento de su senectud y el inevitable, y posterior, olvido en un rincón poco privilegiado de su hogar. Aceptar hubiera significado reconocer su ineficiencia y su inutilidad, hubiera significado empezar a depender de sus hijos.

Esa mañana despertó como de costumbre. Despertó con la pesadez habitual en su cabeza. Despertó con el dolor de piernas también común. Con los labios manchados, con el estómago fofo y con un leve gotear de orina, irremediable. Se levantó con el piyama manchada, amarillento; se levantó con el dolor de otro día –a pesar de sus deseos de vivir. Injurió un poco mientras iba al baño a descargar una carga ya pesada de orina maloliente y amarilla. Injurió porque aun yendo hacia el baño goteaba levemente, lo sentía y no era capaz de evitarlo. Se paró frente al wáter y se percató de que no hacía, de que no soltaba lo suficiente. Orinaba a chorritos pequeños e insignificantes, nada similares a la sensación que tenía. No podría permanecer de pie el tiempo que parecía requerir y tuvo que sentarse. Injurió, nuevamente, y Lloró un poco en silencio y en la soledad del baño. Se levantó cansado de tanta pendejada suya, con el reproche a flor de labios, y se dirigió a la escalera a continuar con su vida.

Luego de que descendiera las escaleras, de que apoyará su cuerpo en la esquina y observara la mesa lista. Luego de que se acercara despacio, con el rostro sumido en el presente, y se sentara a la mesa. Luego de que descubriera el desayuno en su punto, tibio, con el jugo de naranja acostumbrado, luego de probar el primer bocado, sabroso, luego de ello se percató de que quería seguir viviendo. Volteó y observó a su mujer que fregaba las ollas en la cocina. La observó hasta que tuvo la sensación de que ella lo notaba. La observó hasta que ella se volvió para verle el rostro. Impasible le dio los buenos días, no las gracias por el desayuno; era su deber y como tal tendría que cumplirlo sin esperar nada a cambio, ni siquiera palabras. Inmediatamente regresó a su plato para terminar su desayuno. No podría pensar en amor. Nunca, hasta el momento, consideró esa palabra, no consideró que pudiera significar algo diferente a algunas noches de deseo de su parte y de deber de satisfacerlos por el de su esposa. Amarla no cabría, no sabría definirlo. Era su mujer, eso era lo que sabía. Sabía que había decidido, hacía tantos años, llevarla a vivir con él, mantenerla y convivir. En su juventud tuvo libertades y disfrutó de muchos cuerpos distintos, sin embargo se decidió por ella y eso debió bastarle. También que a pesar de las otras mujeres que tenía siempre volviera a ella. Tuvo que ser suficiente. Jamás faltó comida y dinero, ni para ella ni para sus hijos. Había cumplido con su deber en su momento. Pensar en amor le parecía innecesario, cosa de mujeres, de jovencitas, de libertinas, de estúpidos, de maricas. Tampoco pensaba en la felicidad, a no ser que fuera sinónimo de sus logros, aun a costa de todo. Si era así, lo habría sido. Aunque a su edad cualquier palabra estaba de más, a no ser que fuera similar a la palabra muerte.

III

No la acomplejaban los años. Ha sido siempre una mujer fuerte a diferencia de su esposo; a pesar de su carácter agresivo su fisiología sucumbe sumisa a las guerras inevitables del tiempo. Su carácter, en cambio, está sometido. Desde el matrimonio, incluso desde antes, dejó de decidir sobre sus cosas y sigue cualquier indicación que venga de él, y ahora también de sus hijos. Quizá se quitó la carga de pensar, de reflexionar, de decidir, pero también perdió la posibilidad de seguir sus sueños, de crear metas propias, aunque a su edad tampoco le cabe pensar en ello. Su yo desapareció en el interior del que ha sido su hogar en tantos años, en una cocina amplia y adecuada a su antojo. Su yo sucumbió en algo amorfo que llamó alguna vez amor y que ahora no podría ser más que costumbre. Su yo murió en un cuerpo joven y vigoroso, sepultado con el transcurrir de la existencia en un cuerpo fofo y mezquino.
¿Habrá sido feliz? Quizá la respuesta debiera ser sí. Tuvo todas las comodidades, dinero, hijos, un esposo que tuvo sus aventuras, pero que siempre volvió a casa. Si eso era la felicidad, ella había sido feliz. No tenía puntos de comparación para dudarlo. Jamás tuvo mayores alegrías a las de su comunión con él, a algunos pequeños detalles, el nacimiento y la crianza de sus hijos, a alguna sonrisa de parte de ellos. Jamás tuvo grandes desgracias para sentirse desdichada, solo algunos problemas al comienzo cuando no lo conocía bien, le faltaba la experiencia de los años compartidos. No podía recordar estados anímicos divergentes a los que sentía a diario, 48 años sintiendo lo mismo. Conformarse es otra forma de vivir, también válida. 

Se había sentado a desayunar. Se quedó observándola largo rato mientras fregaba los platos. Irene sintió la fuerza de sus ojos sobre su espalda casi como una mano apoyada sin delicadeza. La presión la hizo voltear el rostro, hecho poco habitual en su rutina. Sus miradas se encontraron y solo se separaron cuando él pronunció sin convicción, por decencia, un “buenos días”. Después, cuando volvió la vista al lavaplatos, no pudo evitar una extraña sensación acerca de su esposo. ¿Era su parecer o lo había notado…diferente? No se atrevía a regresar la mirada, probablemente lo haría enojar si descubría que lo espiaba mientras tomaba el desayuno. Ya antes había sucedido. Si por alguna razón lo miraba más de una vez estrellaba el plato contra el piso y se marchaba de casa, cuando aún podía hacerlo, y no regresaba. Después, en la vejez, solo aplastaba el plato contra las baldosas y salía murmurando para su cuarto. Más tarde, en la noche, Irene tenía que dormir en el cuarto de huéspedes. Así que prefirió distraerse en el arreglo de la cocina e ignorar lo que su imaginación le insinuaba.

Justo después de que acabara de lavar la ropa se lo encontró, de frente, al inicio de la escalera. Él bajaba a tomar sus pastillas. Ella subía a cambiarse de ropa, porque siempre que lavaba le era inevitable empaparse completamente. Irene lavaba a mano por dos razones esenciales: en primer lugar, porque así se lo inculcó su madre desde pequeña; tendría doce años cuando lavó su primera prenda por consejo de ella, unos calzones manchados. Desde entonces no ha parado un instante. Ni siquiera cuando sus hijos le insinuaron la compra de una lavadora, cuando aún eran pequeños y se preocupaban de su salud. Su rechazo fue categórico entonces. No podía comprender cómo una máquina haría mejor su trabajo. La segunda razón recaía únicamente en su esposo. Como mujer tenía la responsabilidad de su hogar y su hogar incluía el lavado de la ropa. Su marido jamás permitiría que alguien más o una máquina realizaran su labor. Cada quién tenía un rol en la sociedad, en la familia. La mujer poseía el suyo: ama de casa. Allí, parados en la escalera: ella mojada y él indiferente, Irene sintió nuevamente que estaba frente a otro hombre.

Quiso hablarle, comprobarlo. Sin embargo las palabras se le atravesaron en la garganta y se atragantó. Él la miró esperando, tamborileando con los dedos en la pared, moviendo su pie adelante y atrás, pero en vista de la dificultad que tuvo para hablar hizo un gesto de fastidio con la mano y siguió su camino parsimoniosamente. Atrás, avergonzada, Irene se sonrojaba. Tuvo temor de preguntar, de hablar, de cuestionarlo. Dejó que siguiera, prefirió quedarse con su inquietud a molestarlo. Nunca la había golpeado, era verdad. Nunca la había insultado, también era cierto. Sin embargo el carácter fuerte, duro, tosco, de su marido le provocaba miedo. Sus miradas penetrantes, que la hacían sentir estúpida, impedían cualquier comentario de su parte, cualquier tipo de participación, para no equivocarse. Antes, cuando aún eran jóvenes y salían juntos, cometió demasiadas imprudencias y los puso en ridículo. Hablaba de más, sin reflexionar, y, sin quererlo, provocaba las carcajadas de todas sus amistades. Cuando llegaban a la casa su esposo no le reprochaba con palabras su conducta. Solamente la marginaba a días de una soledad más profunda de la que estaba acostumbrada. Con el tiempo aprendió a guardar silencio, a hablar solo para responder, aun así, cuando respondía, también sentía que se equivocaba. De igual manera se sintió ahí, parada en las escaleras: muda, incapaz, estúpida. Se había puesto nuevamente en ridículo.

El día siguió su transcurso. Lloviznó un poco en la tarde, acentuando el bochorno y el sopor habitual. También un olor a polvo se levantó e invadió la casa. Luego empezó a caer la tarde, en un naranja que se dibujaba sobre los tejados, mientras disminuía la dispersa lluvia, hasta su desaparición. Una brisa cálida floreció sobre la ciudad. Las luces de las farolas empezaron a encenderse, lentamente. El negro de la noche se tiñó de un naranja artificial. En la casa, Irene continuó con sus labores comunes: barrió, trapeó, planchó. Comenzó, cuando caía la noche, a preparar la comida. Sus hijos pronto estarían de regreso y su esposo bajaría a cenar. Se habían encontrado un par de veces más, de casualidad, en la casa. En ambas ocasiones permaneció la sensación de desconcierto. Sentía a su esposo como otra persona. No reconocía en él a quien habitualmente encontraba en los pasillos, en la cocina, en el cuarto. Físicamente era el mismo, al menos eso creía. Quizá estaba un poco más gordo ese día. Un tanto más macilento, un tris más escurrido. Su forma de ser tampoco parecía otra. No habían hablado, como siempre. La rutina permanecía estable. Él era indiferente, malhumorado, machista, como de común. Sin embargo, Irene sentía que él estaba diferente. Esa certidumbre la estaba agobiando. La sumía en profundas reflexiones sin sentido. Pensaba en qué sucedería si descubría que él ya no era él, sino otra persona. ¿Podría seguir su vida de la misma manera?

A su edad, después de tantos años conviviendo, ese pensamiento le parecía absurdo. Cómo podía imaginar que su esposo ya no era su esposo. No obstante la sensación era muy fuerte para que no sucumbiera ante ella. Primero fueron sus ojos. Aquella mirada al desayuno la sintió extraña. Es cierto, sus ojos obscuros mantenían la frialdad constante, el tono sombrío, el furor penetrante; y el miedo que recorrió su cuerpo también era igual al de siempre. A pesar de ello no podía sacar de su cabeza la sensación desasosegada de mirar a otra persona. El rostro mantenía las mismas huellas de los años, incluso la cicatriz pequeña que se hiciera en un accidente no estaba alterada. La papada abultada y escurrida, la manzana sobresaliente, los dientes manchados del tabaco y cariados de la edad, la boca gruesa, ajada, la nariz prominente y ancha, las cejas pobladas, los parpados caídos, como sus cachetes, las orejas grandes y su piel blanca se mantenían tal y como el día anterior.

No sabía qué era lo que estaba mal, sin embargo no lograba apartarse de la cabeza la idea de que algo no encajaba en la realidad, no comprendía aún si era en él o, acaso, en ella. Inexplicablemente, se sentía nerviosa, no hallaba ningún detalle que le confirmará que quien compartía su casa era un impostor. Las acciones, su comportamiento, su actitud, su físico, era el mismo que conocía. No podía evitar desconocerlo como el hombre que compartiera con ella los últimos 48 años de vida. A la llegada de sus hijos tenía ya servida la mesa. A pesar de su preocupación, del malestar que sentía, la comida tendría que estar lista, para no indisponer a su familia. Su esposo bajó a la hora habitual, sus hijos permanecían a la mesa y ella estaba terminando de arreglar la cocina. Ya comería luego, un poco más tarde. Irene se fijó en la actitud que tomarían sus hijos frente a su padre, quería comprobar si actuaban normal o también presentían un cambio en él. Sin Embargo, todo transcurrió como de costumbre. Lo saludaron, como correspondía, comieron juntos y ellos se dirigieron a sus habitaciones respectivas. Ella se acercó a la mesa, recogió la losa y se dispuso a lavarla ante la indiferencia de su esposo. Nada parecía distinto, todo estaba igual que siempre, pero la sensación le llenaba el pecho de desconsuelo, los ojos de lágrimas y la garganta de deseos de gritar.
Su esposo volteó el rostro y la miró fijamente, indiferente como siempre, como si solo le preocupara su tranquilidad. Los platos habían estallado contra el piso y habían generado un fuerte sonido que recorrió la casa. Hecho menos que común, porque Irene hasta ese momento, en los 48 años de convivencia, había sido sumamente cuidadosa con sus cosas y con la armonía de su hogar. Sus hijos, debido al ruido, bajaron corriendo, preocupados y sorprendidos; Irene temblaba. Es otro, cruzó por su mente de inmediato, es otro y no sé por qué. No soportaba más esa sensación que invadía su mente. Su rostro marchito se crispó y en una mueca de dolor e incertidumbre sucumbió a su terror; en un grito desmedido, contundente y sin palabras reflejó la sospecha que anidaba en su pecho, reveló, sin decirlo, que él era otro, que alguien más poseía el cuerpo de su esposo, en tanto su mirada se perdía en el vacío demostrando la confusión que albergaba su ser. Quería saber quién era y qué deseaba, pero había quedado muda debido al miedo que embargaba su voz. Si pudiera preguntarlo y no estuviera atragantada desataría el caos de su interior. Después de realizar un gran esfuerzo, al fin, de sus labios expulsó un murmullo, entrecortado e incoherente, en el que decía el cambio del que era víctima su familia; el mundo le pareció más insignificante entonces, el mundo, su mundo, careció de sentido; tenía miedo y temblaba por ello; y su familia, la imagen que guardaba de ella, despareció en esa extraña angustia que le desbordaba el pecho en un palpitar agitado, en un respirar trémulo con violentas arcadas, que le dormía el cuerpo y le quemaba la garganta. Ante la mirada atónita de su familia, de su esposo enojado, gritó, todo lo que pudo, que él no era el mismo, sin temor al ridículo, sin temor al después. Y descubrió, mientras se desvanecía lentamente, allí en la cocina, que en su interior por él, por su verdadero esposo, aún sentía amor.

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