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| Imagen tomada de la Tribu de las letras |
Estaba
la tarde blanca debido a la niebla que había bajado desde muy temprano,
impregnando todo con un leve polvo húmedo. El cristal estaba empañado y Camilo
pasaba su pañuelo limpiando su visión al exterior. Llevaba esperando toda la
tarde. Ansioso, miraba por la ventana, desde no recordaba bien cuántas horas, a
que se apareciera y le diera algunas explicaciones. Aún no había señal de ella.
Muy de mañana llamó a su madre y le relató todo lo sucedido entre ellos. Le
dijo que estaba destrozado y que desde hacía algún tiempo no había más que
problemas en su hogar. También le aseguró que no había querido decirle antes su
pésima situación porque no quería preocuparla, pero que, no aguantando más, no había
tenido más opción que pedirle ayuda. Su madre, una anciana mayor de ochenta
años, le prodigaba, a su hijo de cuarenta y cinco, un amor especial y absurdo,
para alguien ajeno a la relación, que la llevaba a hacer todo lo posible por
socorrerlo en cualquier inconveniente, por minúsculo que fuera; y, en
ocasiones, pedirle, incluso, que volviera al cálido refugio de su hogar. La
última vez vivió con ella hasta los cuarenta y dos años y sólo se marchó de
allí porque creyó estar enamorado de la mujer que ahora lo abandonaba, de quien
lo lanzaba al vacío.
Eulalia,
así se llama su madre, oyó el grito de auxilio de su hijo con abatimiento. Toda
su familia y sus amigos le criticaban constantemente la compasión que siempre
había expresado por él. Ellos no podían comprender el amor de madre que no
podía dejar en el abandono a su ser más querido. Además, vivía agradecida con Camilo,
porque fue el único que se compadeció de ella tras la muerte de su esposo, que
estuvo a su lado y que compartió su profunda tristeza. Respondió que cuando la
necesitase solo tendría que alzar la bocina y hablarle. Ella estaría allí, para
ayudarlo.
Camilo
esperaba sentado en la mesa de la izquierda, junto a la ventana, donde siempre
se habían sentado. Después de llamar a su madre con una voz tristona,
lastimera, llamó a Cristina llorando y le suplicó que se encontrara con él. Durante
la conversación, con muchos reproches por parte de Cristina, Camilo tuvo que
insinuarle, entre líneas, que podría suceder algo terrible si no iba a la cita.
Los
tres años que estuvieron juntos fueron un tormento para Cristina; Camilo nunca
pudo tener un trabajo estable, siempre, por una u otra razón, los dejaba y ella
tuvo que encargarse constantemente de los gastos de su relación. Además la incomodaba
que Camilo, aunque estaba frecuentemente en casa, no organizara su cuarto, ni
la sala, ni la cocina, absolutamente nada. En cambio, Cristina tenía que
aceptar con humillación que él ayudara a aumentar el desorden de su casa cuando
comía, cuando se bañaba… y que inevitablemente tuviera que arreglarlo, aunque
regresara agotada del trabajo. Camilo tampoco cocinaba y si Cristina no le
dejaba hecho el desayuno antes de irse, y a la vez el almuerzo, y si cuando
regresaba no hacía la comida, era capaz de dejarse morir de hambre. Sin
embargo, lo que la llevó a tomar la decisión de separarse fue un comentario que
él le había hecho hacía dos noches. Le dijo con desparpajo y despreocupación
que se estaba volviendo vieja y fea. Cristina supuso que era una pequeña broma,
mas al observarlo notó en su rostro tristeza y abatimiento, seguridad y
cinismo, como si ese descubrimiento lo hiciera sufrir. De tal modo, ya no pudo sobrellevar
la situación. No era vieja, era menor que él diez años, incluso tenía
pretendientes en su trabajo. No comprendía, claramente, para qué Camilo intentaba
bajarle su autoestima. Además, no estaba segura de que la quisiera, sospechaba
que solo permanecía con ella porque le daba lo que necesitaba y le ahorrara
cualquier tipo de esfuerzo. Cuando pudo por fin reaccionar ante lo dicho, le
lanzó la cartera que había llevado al trabajo, empezó a ofenderlo y a gritar
eufórica, llorando de rabia y desesperación. Al serenarse, Camilo se le acercó
y la trató como si fuera una desequilibrada. Había sido humillada; allí, con
voz cansada y dolida, le aseguró que su relación terminaba, que podría irse de
su casa, y remarcó esta última palabra con profunda desolación, cuando pudiera.
A dónde, no sabía, pero que el día siguiente esperaba ya no encontrarlo a su
regreso. Durmieron en cuartos separados, Cristina se hizo desayuno y no preparó
para Camilo. Después, se fue a trabajar; él, como siempre, dormía.
Ya
en su trabajo, alejada del suplicio de la noche anterior, pudo descansar un
poco sus nervios. No obstante, a eso de las nueve y media, recibió una llamada
de Camilo, quien le preguntaba por qué razón no le había preparado desayuno.
Desesperada le gritó, delante de sus compañeros, que la dejara en paz; luego,
sin esperar respuesta, colgó. Camilo la
llamó tres veces más, pero siempre recibió la misma respuesta. En la noche,
cuando ella regresó, la estaba esperando. Apenas abrió la puerta él le descargó
su furia en forma de palabras irónicas, lastimeras, rencorosas que Cristina ignoró
mientras corría a su cuarto y se encerraba. Más tarde, después de oírlo caminar
de aquí para allá, murmurando, sintió que Camilo entraba a la otra habitación.
Esa noche ambos pasaron sin comer: ella por miedo, él por total incapacidad.
Al
día siguiente, Cristina madrugó a trabajar aprovechando que él dormía. Camilo,
al despertarse y buscar un desayuno inexistente, nuevamente la llamó a su
oficina para reclamarle sus derechos de esposo. Al recibir como respuesta el
ruido del teléfono colgado, decidió aguardar a que Cristina se calmara. Tendría
que actuar astutamente. Después, insistió, habló en tono de disculpa y la
invitó en la tarde a tomar un café, en el lugar de siempre. Como Cristina se
negaba, la amenazó con hacer un escándalo en su trabajo o, insinúo
patéticamente, la posibilidad de algún suceso peor. Sin más opciones, aceptó
hablar solo un momento.
Había
salido tarde de la oficina por dos razones: tenía mucho trabajo pendiente y
quería hacerlo esperar, ver cómo reaccionaba a su demora. En el inicio de su
relación, cuando todavía salían, Camilo siempre llegaba tarde a cualquier cita
y en un par de ocasiones ni siquiera se presentó. Podría tomarlo como quisiera,
la verdad era que, desde la noche anterior, había decidido tomar las riendas de
su vida. El comentario que hiciera Camilo le había abierto de tal manera los
ojos que ya no podría imaginar, aunque lo intentara, un futuro a su lado.
También se había percatado de que su relación se sostenía debido a la costumbre
tan idiota, se lo reprochó de esta forma, de sumisión y servidumbre que había
creado. Camilo tenía una ubicación privilegiada que no merecía. También, ahora,
le parecía absurdo que una mujer, como ella, aún permaneciera atada en una
relación sin sentido. Había decidido que sería su última cita, que no volverían
a encontrarse, sin importar las amenazas que pudiera hacerle.
Tomó
la ruta más larga y llegó con más de una hora, o dos, de retraso. La niebla se
había disipado y parecía, al menos, que la noche sería clara. Cuando entró al
restaurante Camilo la siguió en su recorrido a la mesa. No tenía buen
semblante, parecía haber dormido mal las noches pasadas y también haber tomado
mucho esa mañana. Se sentó mirándolo a los ojos, pero sin hablarle, también
mostrando cierta indiferencia a la cita. Camilo tenía rabia, lo notaba en sus
ojos, sin embargo, cuando comenzó a hablar se le llenaron de lágrimas y lloró
mientras le pedía perdón por su tonta actitud. Le dijo que era hermosa y que
jamás hubiera dicho algo así en serio. Para él, con un tono un tanto ridículo, no
existía una mujer como ella. Estaba enamorado y, aseguró, no dejaría de
estarlo. Cristina oía esa voz chillona, que antes tocara sus fibras
emocionales, con impasibilidad, casi sin prestarle atención. Esta vez estaba
más preocupada por el trabajo pendiente que por su esposo que manoteaba enérgicamente
para aumentar el patetismo de su discurso; estaba por levantarse y formar un
escándalo.
Camilo
hablaba cada vez más fuerte y empezaba a gritar porque notaba que Cristina estaba
distraída, que no lo oía. Había pensado que con su dolor podría trastornarla y
lograr que volviera a su lado, así fuera por lastima, y le permitiera seguir
viviendo en su casa; sin embargo con la actitud que le demostraba advertía que
esa posibilidad cada instante estaba más lejos de ser realizable. Así que,
lleno de impotencia, levantó la voz y le repitió, como hacía unas noches, que
era fea y vieja y que, además, desde hacía algún tiempo tampoco era capaz de
complacerlo como mujer, que ni para hacerle el amor servía. Y, como si fuera poco,
la amenazó con dejarla sin nada, pues tenía poder y ella lo sabía, si en ese
instante no decidía arreglar las cosas, si no aceptaba que se había equivocado
y, que al contrario de lo que pensaba, era él quien merecía una disculpa.
Todos
los que se encontraban en el café observaban su mesa, algunos con horror,
porque su clase social no les dejaba ventilar problemas personales delante de
extraños; otros con curiosidad, mirando concienzudamente para ver si reconocían
a alguien; y los otros con divertimento, les atraía la escenita que se había
formado. Cristina había reaccionado a estas últimas palabras que Camilo había
vociferado lleno de rabia en desacuerdo a sus principios. Ella no había
soportado la humillación y le había dado una cachetada. Luego, lentamente, se
había acurrucado en su silla y, finalmente un tanto indiferente, como si las
lágrimas no fueran suyas, había empezado a llorar inconsolablemente. Camilo
permanecía de pie, con una mano en el rostro y con una expresión de extrañeza,
dolor y angustia. Un camarero, después del espectáculo tan bochornoso, se había
acercado a pedirles el valor de la cuenta y les había ordenado abandonar el
café cuanto antes. Sin embargo, era tal la concentración en ellos mismos, en su
sufrimiento, en su vergüenza, que ninguno le prestó atención y continuaron con
su actitud un tanto bobalicona.
La
noche empezaba a caer afuera y la niebla nuevamente hundía a la ciudad en una
tonalidad blancuzca. También lloviznaba tenuemente y un frío se precipitaba en
el café que prendía sus luces e, igualmente, algunas velas en las mesas para
los nuevos enamorados, que empezaban a llegar. Una música suave sonaba en algún
rincón mientras Cristina se paraba lentamente con los ojos rojos, el maquillaje
corrido y con una mirada de odio y de agotamiento mezclados que le dirigió a
Camilo. Tomó, sin dejar de verlo con una mueca en el rostro, su bolso y, dando
un giro profundo, se marchó.
Camilo
llamó al camarero y le pidió un teléfono. Aún dolido se pasaba la mano por su
mejilla. Marcó el número de su madre, quien contestó después de algunos
repiques. Eulalia escuchó atentamente lo que su hijo le comunicaba mientras
lloraba la desgracia de que se hubiera enredado con esa mujer, ella se lo había
advertido, así le decía, y le aseguraba que mientras ella viviera siempre
estaría para apoyarlo, que nunca lo dejaría solo. Calmándose un poco, Camilo le
dijo que necesitaba dinero para pagar lo que había pedido en el café, porque
Cristina se había ido sin pagar la cuenta y él no podía marcharse. Eulalia le
pidió la dirección, la confirmó y le aseguró que estaría allá en tan solo un
momento. Camilo colgó el teléfono y se sintió aliviado, pronto todo volvería a
estar en su sitio, la vida volvería a ser cómoda y tranquila, como nunca debió
dejar de serlo.


ja! que bueno.Es tan realista.
ResponderEliminar:)
Gracias. Esa es la idea.
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