Seguir la marcha, como si nunca hubiera visto


I


A menudo recurría un recuerdo o un sueño a su memoria -en realidad, no lograba definir certeramente si el sueño era de un recuerdo o, sencillamente, recordaba un sueño; a raíz de que hacía muchos años le sucedía lo mismo había perdido la verdadera noción de lo que pasaba en su mente y este interrogante que, en ocasiones, lo invadía seguía sin resolverse- fuera lo que fuera, siempre lo atormentaba. En él, estaba en su trabajo, sentado, esperando a que el parqueadero se llenara y, seguramente, a que fuera la hora de salida y así poder regresar a su casa. En esa espera, en medio de la modorra del calor de la tarde, del sopor somnífero que lo embriagaba, un pequeño gatico había aparecido y había concentrado su atención. Era un animal enfermizo de alrededor de un mes de vida. Se encontraba maltratado y desnutrido, se notaba abandonado a su suerte. Cuando el gato quiso acercarse una sensación de asco y de lastima lo invadió, entonces, no le permitió aproximarse más de lo adecuado. Después del primer rechazo, el animal iba y volvía constantemente, probablemente, en busca de comida o al menos de afecto, dicho sea, que Diego no estaba dispuesto a brindarle. Si le preguntasen diría que sí le gustaban los gatos, pero, añadiría, que bien alimentados, con ganas de vivir y llenos de su arrogancia característica, no, complementaría, sutes y medio-muertos como aquel que veía asomarse a cada momento.

Al comienzo, la primera vez que intentó acercarse, le llenó su pecho y todo su pensamiento una atención exasperada, desesperada y totalmente agotadora hacia ese pequeño monstruo al que no podía dejar de mirar. Luego, poco a poco, fue calmándose hasta llegar a una actitud totalmente distante y distraída, donde el animal había pasado a un segundo plano, en el cual su existencia había perdido su valía; ya no lo desesperaba su presencia y ni tan siquiera lograba recordar, si bien lo estuviera observando, esa desagradable impresión que le había ocasionado la enfermedad que demostraba. Diego estaba ensimismado; reflexionaba en otras cosas que, por el momento, consideraba más importantes que observar la miseria de un animal y el desafecto que podría albergar un ser humano para efectuar ese despiadado abandono. Aunque de vez en cuando no podía evitar mirarlo con compasión, tampoco hacía nada para remediar el mal que consumía esa insignificante vida. Quizá, llegó a pensar en un instante de debilidad y de profunda atención, si fuera una persona actuaría de manera diferente, pero por ese animalito no le nacía nada, nada parecido a la misericordia.

Un poco más tarde, cuando el calor había aumentado considerablemente, notó que el gatico estaba detrás de uno de los autos aparcados justo delante de él. Se había acercado hambriento a la familia que se disponía a marcharse, sin embargo, ella no percibió su existencia. Ya dentro del vehículo el chofer prendió el motor y se dispuso a dar reversa. Mientras tanto Diego observaba todo desde su puesto, privilegiado, y empezó a tener la sospecha de que, si él permanecía en absoluto silencio, el auto arrollaría al animalito. Sentado observaba atento cómo todo se iba produciendo ante él, lentamente. Veía y callaba, esperando, esperando que el gato esquivara el auto, que el chofer se percatara de su presencia o que una persona cualquiera evitara el accidente. Por su mente no pasó, ni por un momento, que él podía impedir el suceso que parecía inevitable.

El auto dio reversa. En total impasibilidad, mudo y contemplativo, Diego vio cómo pasaba sobre el gato la llanta trasera y, también, cómo salía lastimado, arrastrándose, con medio cuerpo aplastado, sin fuerzas ya para sobrevivir. No hubo ruido, ni llanto, nada, nada más que un profundo silencio. Su distancia le impedía sentir el sufrimiento, era totalmente ajeno a la situación, como el médico que, intentándolo todo, llegara tarde al lugar del accidente, imposibilitado para salvar las vidas de los viajeros, pero seguro de que no era culpable de su demora. Atónito, concentrado en el animal que marchaba arrastrándose y terminaba echado, sin vida, descubrió que no sentía nada: ni pesar, ni remordimiento, ni rabia contra el auto ni contra él mismo, por su silencio; ni siquiera atinó a verificar la muerte del gato, solo supo voltear a la calle y simular que él, allí de frente, no había visto nada.

II

La ciudad, y más certeramente, el barrio donde vivía, según chismes de las vecinas, estaba siendo atacado por una nueva organización de malhechores que empezaban a sembrar el temor en los frágiles corazones que lo habitaban. Diego había oído los rumores de que por allí, cerca de donde estaba su trabajo, habían robado a un joven y habían intentado violar a una muchacha que pasaba distraída por un callejón. Cierto era que no parecían más que rumores de señoras sin oficio, aunque también tendría que considerarse que con la llegada de nuevas personas al barrio vecino habían llegado unas con aspecto poco amigable. En este sentido, los rumores tomaban fuerza, puesto que se aseguraba que la banda era de ese lugar y que hacían amistades con los jóvenes ya malamente señalados por su misma comunidad.

Diego no participaba nunca en este tipo de conversaciones, le desagradaban, y si se había enterado de las últimas habladurías solo había sido por accidente. Aunque, en realidad, enterarse le había dado cierto temor, debido a que él salía del trabajo a horas ya muy entradas la noche y tenía que pasar por el lugar donde seguro, si eran ciertos los chismes, habían acaecido los hechos. En los últimos días había pasado tembloroso por esa calle angosta y obscura, además de poco transitada, pero no había notado nada inusitado en ella, aunque ello no diera mayor seguridad de la que careciera siempre. La verdad, podría dar la vuelta, es decir, girar la manzana y gastarse alrededor de diez minutos más para llegar a su casa; si bien era más seguro, el cansancio de un día de tedio le impedía siquiera vislumbrar esta opción, así que prefería corre un poco más, lleno de miedo y ansiedad, para abandonar el callejón lo más a prisa posible.

Los diarios anunciaban tímidos los hechos que ya todo el mundo sabía debido a las ancianas chismosas del barrio, aunque aumentaban un poco más la información, dando una débil descripción de los principales sospechosos; con esos nimios datos suministrados cualquiera que saliera en altas horas podría ser el presunto culpable. Debido a la publicación, las noches eran cada vez más solitarias. El expreso pedido del diario de mayor presencia policiaca no había sido cumplido, lo que aumentaba la preocupación de Diego que cada noche se sentía más y más vulnerable.

Habían pasado varios días y Diego ya volvía tranquilo a su casa, el olvido le había devuelto la calma, la seguridad, la tranquilidad, solo el sueño o el recuerdo perturbaban de vez en cuando su rutina, ese gato que en su cabeza moría cada vez no lo hacía culpable como a aquellos chicos que no conocía y, que anhelaba, no conocer jamás. Era verdad que no le gustaba su actuación respecto al animal, pero tampoco se sentiría ni sería culpable como sí lo eran ellos, aquellos chicos, por sobrepasar los límites éticos y morales impuestos por la sociedad; él, en cambio, habría pecado únicamente por haber guardado silencio, por permanecer distante e imparcial al destino. También, se decía, si se miraba de mejor manera, ese pecado también había sido un alivio para el animal, el que callara era más un acto de bondad que de otra cosa. En su reflexión, finalmente, decidió que era libre de culpa y que, más precisamente, podría considerarse la decisión de su silencio como la mayor obra de caridad que podría hacer. No era sencillo decidir algo así, otros más avezados, estaba seguro, no habrían actuado de esa manera, tan humanamente, sin temor a ser señalados, juzgados y condenados como seres sin alma.

III
Imagen tomada de google


Ya había caído la noche con todo su peso. Solo los faroles alumbraban tenuemente las calles llenas de sombras. El cielo carecía de estrellas y la luna se aparecía levemente, tímida, ante la posibilidad de lluvia. Hacía frío y corría una brisa gélida por entre los rincones. Algunas bolsas se elevaban y caminaban a su lado por breves espacios de tiempo. Había un silencio macabro, anunciante de tempestades que no le decía nada, porque se encontraba absorto, distante de esa noche. Caminaba mecánicamente, como si los pasos no fueran suyos. Reflexionaba en el día de trabajo, en su oficio y, levemente, se preguntaba por su futuro. Aunque su verdadera intención era el pasado, el saber si volviera a vivir la situación del gatico qué haría esta vez; en realidad, en eso pensaba. No porque sintiera remordimiento con la situación que soñara o recordara, sino porque quería conocer los límites de su emotividad, de sus sentimientos hacía ese ser enfermo, ínfimo y mísero, que lo intranquilizaba algunas veces.

A menudo, cuando dejó el temor por los chismes de los malhechores y, también, antes de ellos, cuando caminaba de regreso a su casa, sus cavilaciones volvían regularmente a la muerte del gatico que él hubiese podido evitar. Sin embargo, no hallaba la posibilidad de describir la sensación que lo albergaba, se sentía como un científico frente a su objeto de estudio, como el panadero hacía una masa amorfa de harina, con todas las posibilidades de amasar, de analizar la profundidad de su alma, de sentirse su dueño y saber qué forma darle; se explicaba, de manera más sencilla y para sentirse mejor consigo mismo, que dejarlo morir había sido, más bien, una manera de conocerse más, de saberse realmente, de hallar la delimitación de las posibilidades de su alma, de su ética o de su moral. Aunque también, en ocasiones, lo pensaba como algo ajeno a esas mismas posibilidades, como si la existencia misma, la suya y la del gatico, no le hubieran dado más opciones que aquella que regresaba constantemente a su mente, aquella de la rueda oprimiendo una débil vida.

En esas estaba, cuando ingresó al callejón donde habían acaecido los chismes de las señoras y las aproximaciones a la verdad del diario. Notó, después de alzar un poco la mirada, que de frente a él se acercaba un muchacho medio arreglado, con el cabello desaliñado, fumando, y mirando encorvado, como si se ocultase estando a plena vista; y que venían detrás de él dos jóvenes, de mal aspecto, peor calaña que el otro, a reunirse en medio del lugar, también fumaban; cierto temor empezó a crecer en él, no porque estuvieran allí significaba que fueran peligrosos, pero teniendo en cuenta la hora, el lugar y su aspecto, no cabían más posibilidades para una tendencia a la desconfianza. El nerviosismo se apoderó de Diego, pero supo que no le harían daño cuando oyó que, los que iban detrás de él, saludaban con gritos eufóricos al joven que venía de frente, como si él no estuviera en medio. Al pasar por su lado y sentir que podía seguir sintió que se desvanecía, que no llegaría por sus propios medios a la otra esquina, pero solo fue una sensación momentánea, porque caminaba igual que siempre. Atrás se quedaron charlando los tres muchachos como si él nunca hubiera estado presente, como si no fuera una posible víctima, descartado desde siempre, porque algo muy adentro, o quizá fuera la noche, le decía que más tarde allí sucedería, con esos tres jóvenes, una desgracia.

Al doblar la esquina, con el aliento de vuelta, y caminar media cuadra, se cruzó con una joven bonita, delgada y elegante, de cabello negro, morena, de piernas largas y torneadas; llevaba una falda en jean no muy corta y una blusa semicortada en diagonal, dejando un hombro descubierto; tenía unos senos no muy grandes, redondeados, turgentes, una cola pronunciada, elevada. Iba abstraída, como él hacía un momento, porque tenía puesto los audífonos y murmuraba la canción que oía con alegría. Caminaba con cadencia, con desenvoltura y seguridad, la certeza del conocimiento del camino recorrido y del camino a recorrer. Además, portaba un bolso de mano, negro, desde donde sobresalía el cable del audífono. Después del susto que acababa de tener le reconfortó ver una mujer tan bella pasar por su lado y no pudo dejar de observarla. Olvidó sus temores sobre los jóvenes y se percató, como idiotizado aún, de que ella se dirigía al callejón, inocente de lo que podría esperarle, con el desconocimiento de que ellos posiblemente seguirían allí, esperando a su víctima. La noche estaba cerrada y obscura y nadie más transitaba las calles, el silencio y la posibilidad de lluvia permanecían, la luna aún apenas se mostraba y parecía que esa noche no habría estrellas. Diego la vio, impasible, sumiso al silencio que embargaba la ciudad, mientras caminaba segura y sin mirar al frente. Observó cómo llegaba al final de la cuadra, cómo giraba todo su hermoso cuerpo en la esquina y cómo tomaba el callejón estrecho, por donde él acababa de pasar temeroso. La miró mientras callaba; sabía que se dirigía a donde no debía, que cometía un error al pasar a esa hora y sola por ese lugar tan inseguro. Cómo podía ser tan tonta, reflexionó, y arriesgar su vida por ahorrarse solo unas cuadras. Miró otro momento más, hasta que la débil sombra que se alargaba contra la pared, por los faroles, se desvaneció completamente, hasta que de la noche empezaron a caer pequeñas gotas de lluvia, hasta que la brisa empezó a transformarse en una débil ventisca. Observó sin temor en los labios que lo motivasen a hablar, contemplativo, sin ninguna sensación que lo moviese a alguna acción; el mundo se había estacionado y él estaba allí, inmóvil y vacío. Después de unos segundos en que no pensó en nada, decidió voltear y seguir su marcha, como si, tampoco a ella, nunca la hubiera visto.

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