I
A
menudo recurría un recuerdo o un sueño a su memoria -en realidad, no lograba
definir certeramente si el sueño era de un recuerdo o, sencillamente, recordaba
un sueño; a raíz de que hacía muchos años le sucedía lo mismo había perdido la
verdadera noción de lo que pasaba en su mente y este interrogante que, en
ocasiones, lo invadía seguía sin resolverse- fuera lo que fuera, siempre lo
atormentaba. En él, estaba en su trabajo, sentado, esperando a que el parqueadero
se llenara y, seguramente, a que fuera la hora de salida y así poder regresar a
su casa. En esa espera, en medio de la modorra del calor de la tarde, del sopor
somnífero que lo embriagaba, un pequeño gatico había aparecido y había concentrado
su atención. Era un animal enfermizo de alrededor de un mes de vida. Se
encontraba maltratado y desnutrido, se notaba abandonado a su suerte. Cuando el
gato quiso acercarse una sensación de asco y de lastima lo invadió, entonces, no
le permitió aproximarse más de lo adecuado. Después del primer rechazo, el
animal iba y volvía constantemente, probablemente, en busca de comida o al
menos de afecto, dicho sea, que Diego no estaba dispuesto a brindarle. Si le
preguntasen diría que sí le gustaban los gatos, pero, añadiría, que bien
alimentados, con ganas de vivir y llenos de su arrogancia característica, no,
complementaría, sutes y medio-muertos como aquel que veía asomarse a cada
momento.
Al
comienzo, la primera vez que intentó acercarse, le llenó su pecho y todo su
pensamiento una atención exasperada, desesperada y totalmente agotadora hacia
ese pequeño monstruo al que no podía dejar de mirar. Luego, poco a poco, fue
calmándose hasta llegar a una actitud totalmente distante y distraída, donde el
animal había pasado a un segundo plano, en el cual su existencia había perdido su
valía; ya no lo desesperaba su presencia y ni tan siquiera lograba recordar, si
bien lo estuviera observando, esa desagradable impresión que le había
ocasionado la enfermedad que demostraba. Diego estaba ensimismado; reflexionaba
en otras cosas que, por el momento, consideraba más importantes que observar la
miseria de un animal y el desafecto que podría albergar un ser humano para efectuar
ese despiadado abandono. Aunque de vez en cuando no podía evitar mirarlo con
compasión, tampoco hacía nada para remediar el mal que consumía esa
insignificante vida. Quizá, llegó a pensar en un instante de debilidad y de
profunda atención, si fuera una persona actuaría de manera diferente, pero por
ese animalito no le nacía nada, nada parecido a la misericordia.
Un
poco más tarde, cuando el calor había aumentado considerablemente, notó que el gatico
estaba detrás de uno de los autos aparcados justo delante de él. Se había
acercado hambriento a la familia que se disponía a marcharse, sin embargo, ella
no percibió su existencia. Ya dentro del vehículo el chofer prendió el motor y
se dispuso a dar reversa. Mientras tanto Diego observaba todo desde su puesto,
privilegiado, y empezó a tener la sospecha de que, si él permanecía en absoluto
silencio, el auto arrollaría al animalito. Sentado observaba atento cómo todo
se iba produciendo ante él, lentamente. Veía y callaba, esperando, esperando
que el gato esquivara el auto, que el chofer se percatara de su presencia o que
una persona cualquiera evitara el accidente. Por su mente no pasó, ni por un momento,
que él podía impedir el suceso que parecía inevitable.
El
auto dio reversa. En total impasibilidad, mudo y contemplativo, Diego vio cómo
pasaba sobre el gato la llanta trasera y, también, cómo salía lastimado,
arrastrándose, con medio cuerpo aplastado, sin fuerzas ya para sobrevivir. No
hubo ruido, ni llanto, nada, nada más que un profundo silencio. Su distancia le
impedía sentir el sufrimiento, era totalmente ajeno a la situación, como el
médico que, intentándolo todo, llegara tarde al lugar del accidente,
imposibilitado para salvar las vidas de los viajeros, pero seguro de que no era
culpable de su demora. Atónito, concentrado en el animal que marchaba
arrastrándose y terminaba echado, sin vida, descubrió que no sentía nada: ni
pesar, ni remordimiento, ni rabia contra el auto ni contra él mismo, por su
silencio; ni siquiera atinó a verificar la muerte del gato, solo supo voltear a
la calle y simular que él, allí de frente, no había visto nada.
II
La
ciudad, y más certeramente, el barrio donde vivía, según chismes de las
vecinas, estaba siendo atacado por una nueva organización de malhechores que
empezaban a sembrar el temor en los frágiles corazones que lo habitaban. Diego
había oído los rumores de que por allí, cerca de donde estaba su trabajo,
habían robado a un joven y habían intentado violar a una muchacha que pasaba
distraída por un callejón. Cierto era que no parecían más que rumores de
señoras sin oficio, aunque también tendría que considerarse que con la llegada
de nuevas personas al barrio vecino habían llegado unas con aspecto poco
amigable. En este sentido, los rumores tomaban fuerza, puesto que se aseguraba
que la banda era de ese lugar y que hacían amistades con los jóvenes ya
malamente señalados por su misma comunidad.
Diego
no participaba nunca en este tipo de conversaciones, le desagradaban, y si se
había enterado de las últimas habladurías solo había sido por accidente.
Aunque, en realidad, enterarse le había dado cierto temor, debido a que él
salía del trabajo a horas ya muy entradas la noche y tenía que pasar por el
lugar donde seguro, si eran ciertos los chismes, habían acaecido los hechos. En
los últimos días había pasado tembloroso por esa calle angosta y obscura,
además de poco transitada, pero no había notado nada inusitado en ella, aunque
ello no diera mayor seguridad de la que careciera siempre. La verdad, podría
dar la vuelta, es decir, girar la manzana y gastarse alrededor de diez minutos
más para llegar a su casa; si bien era más seguro, el cansancio de un día de
tedio le impedía siquiera vislumbrar esta opción, así que prefería corre un
poco más, lleno de miedo y ansiedad, para abandonar el callejón lo más a prisa
posible.
Los
diarios anunciaban tímidos los hechos que ya todo el mundo sabía debido a las
ancianas chismosas del barrio, aunque aumentaban un poco más la información,
dando una débil descripción de los principales sospechosos; con esos nimios
datos suministrados cualquiera que saliera en altas horas podría ser el
presunto culpable. Debido a la publicación, las noches eran cada vez más
solitarias. El expreso pedido del diario de mayor presencia policiaca no había sido
cumplido, lo que aumentaba la preocupación de Diego que cada noche se sentía
más y más vulnerable.
Habían
pasado varios días y Diego ya volvía tranquilo a su casa, el olvido le había
devuelto la calma, la seguridad, la tranquilidad, solo el sueño o el recuerdo
perturbaban de vez en cuando su rutina, ese gato que en su cabeza moría cada
vez no lo hacía culpable como a aquellos chicos que no conocía y, que anhelaba,
no conocer jamás. Era verdad que no le gustaba su actuación respecto al animal,
pero tampoco se sentiría ni sería culpable como sí lo eran ellos, aquellos
chicos, por sobrepasar los límites éticos y morales impuestos por la sociedad;
él, en cambio, habría pecado únicamente por haber guardado silencio, por
permanecer distante e imparcial al destino. También, se decía, si se miraba de
mejor manera, ese pecado también había sido un alivio para el animal, el que
callara era más un acto de bondad que de otra cosa. En su reflexión,
finalmente, decidió que era libre de culpa y que, más precisamente, podría
considerarse la decisión de su silencio como la mayor obra de caridad que
podría hacer. No era sencillo decidir algo así, otros más avezados, estaba
seguro, no habrían actuado de esa manera, tan humanamente, sin temor a ser
señalados, juzgados y condenados como seres sin alma.
Ya
había caído la noche con todo su peso. Solo los faroles alumbraban tenuemente
las calles llenas de sombras. El cielo carecía de estrellas y la luna se
aparecía levemente, tímida, ante la posibilidad de lluvia. Hacía frío y corría
una brisa gélida por entre los rincones. Algunas bolsas se elevaban y caminaban
a su lado por breves espacios de tiempo. Había un silencio macabro, anunciante
de tempestades que no le decía nada, porque se encontraba absorto, distante de
esa noche. Caminaba mecánicamente, como si los pasos no fueran suyos.
Reflexionaba en el día de trabajo, en su oficio y, levemente, se preguntaba por
su futuro. Aunque su verdadera intención era el pasado, el saber si volviera a
vivir la situación del gatico qué haría esta vez; en realidad, en eso pensaba.
No porque sintiera remordimiento con la situación que soñara o recordara, sino
porque quería conocer los límites de su emotividad, de sus sentimientos hacía
ese ser enfermo, ínfimo y mísero, que lo intranquilizaba algunas veces.
A
menudo, cuando dejó el temor por los chismes de los malhechores y, también,
antes de ellos, cuando caminaba de regreso a su casa, sus cavilaciones volvían
regularmente a la muerte del gatico que él hubiese podido evitar. Sin embargo,
no hallaba la posibilidad de describir la sensación que lo albergaba, se sentía
como un científico frente a su objeto de estudio, como el panadero hacía una
masa amorfa de harina, con todas las posibilidades de amasar, de analizar la
profundidad de su alma, de sentirse su dueño y saber qué forma darle; se
explicaba, de manera más sencilla y para sentirse mejor consigo mismo, que
dejarlo morir había sido, más bien, una manera de conocerse más, de saberse
realmente, de hallar la delimitación de las posibilidades de su alma, de su
ética o de su moral. Aunque también, en ocasiones, lo pensaba como algo ajeno a
esas mismas posibilidades, como si la existencia misma, la suya y la del
gatico, no le hubieran dado más opciones que aquella que regresaba constantemente
a su mente, aquella de la rueda oprimiendo una débil vida.
En
esas estaba, cuando ingresó al callejón donde habían acaecido los chismes de
las señoras y las aproximaciones a la verdad del diario. Notó, después de alzar
un poco la mirada, que de frente a él se acercaba un muchacho medio arreglado, con
el cabello desaliñado, fumando, y mirando encorvado, como si se ocultase
estando a plena vista; y que venían detrás de él dos jóvenes, de mal aspecto,
peor calaña que el otro, a reunirse en medio del lugar, también fumaban; cierto
temor empezó a crecer en él, no porque estuvieran allí significaba que fueran
peligrosos, pero teniendo en cuenta la hora, el lugar y su aspecto, no cabían
más posibilidades para una tendencia a la desconfianza. El nerviosismo se
apoderó de Diego, pero supo que no le harían daño cuando oyó que, los que iban
detrás de él, saludaban con gritos eufóricos al joven que venía de frente, como
si él no estuviera en medio. Al pasar por su lado y sentir que podía seguir
sintió que se desvanecía, que no llegaría por sus propios medios a la otra
esquina, pero solo fue una sensación momentánea, porque caminaba igual que
siempre. Atrás se quedaron charlando los tres muchachos como si él nunca
hubiera estado presente, como si no fuera una posible víctima, descartado desde
siempre, porque algo muy adentro, o quizá fuera la noche, le decía que más
tarde allí sucedería, con esos tres jóvenes, una desgracia.
Al
doblar la esquina, con el aliento de vuelta, y caminar media cuadra, se cruzó
con una joven bonita, delgada y elegante, de cabello negro, morena, de piernas
largas y torneadas; llevaba una falda en jean no muy corta y una blusa semicortada
en diagonal, dejando un hombro descubierto; tenía unos senos no muy grandes,
redondeados, turgentes, una cola pronunciada, elevada. Iba abstraída, como él
hacía un momento, porque tenía puesto los audífonos y murmuraba la canción que
oía con alegría. Caminaba con cadencia, con desenvoltura y seguridad, la
certeza del conocimiento del camino recorrido y del camino a recorrer. Además,
portaba un bolso de mano, negro, desde donde sobresalía el cable del audífono.
Después del susto que acababa de tener le reconfortó ver una mujer tan bella
pasar por su lado y no pudo dejar de observarla. Olvidó sus temores sobre los
jóvenes y se percató, como idiotizado aún, de que ella se dirigía al callejón, inocente
de lo que podría esperarle, con el desconocimiento de que ellos posiblemente
seguirían allí, esperando a su víctima. La noche estaba cerrada y obscura y
nadie más transitaba las calles, el silencio y la posibilidad de lluvia
permanecían, la luna aún apenas se mostraba y parecía que esa noche no habría
estrellas. Diego la vio, impasible, sumiso al silencio que embargaba la ciudad,
mientras caminaba segura y sin mirar al frente. Observó cómo llegaba al final
de la cuadra, cómo giraba todo su hermoso cuerpo en la esquina y cómo tomaba el
callejón estrecho, por donde él acababa de pasar temeroso. La miró mientras
callaba; sabía que se dirigía a donde no debía, que cometía un error al pasar a
esa hora y sola por ese lugar tan inseguro. Cómo podía ser tan tonta,
reflexionó, y arriesgar su vida por ahorrarse solo unas cuadras. Miró otro
momento más, hasta que la débil sombra que se alargaba contra la pared, por los
faroles, se desvaneció completamente, hasta que de la noche empezaron a caer
pequeñas gotas de lluvia, hasta que la brisa empezó a transformarse en una
débil ventisca. Observó sin temor en los labios que lo motivasen a hablar,
contemplativo, sin ninguna sensación que lo moviese a alguna acción; el mundo
se había estacionado y él estaba allí, inmóvil y vacío. Después de unos
segundos en que no pensó en nada, decidió voltear y seguir su marcha, como si, tampoco
a ella, nunca la hubiera visto.
I
A
menudo recurría un recuerdo o un sueño a su memoria -en realidad, no lograba
definir certeramente si el sueño era de un recuerdo o, sencillamente, recordaba
un sueño; a raíz de que hacía muchos años le sucedía lo mismo había perdido la
verdadera noción de lo que pasaba en su mente y este interrogante que, en
ocasiones, lo invadía seguía sin resolverse- fuera lo que fuera, siempre lo
atormentaba. En él, estaba en su trabajo, sentado, esperando a que el parqueadero
se llenara y, seguramente, a que fuera la hora de salida y así poder regresar a
su casa. En esa espera, en medio de la modorra del calor de la tarde, del sopor
somnífero que lo embriagaba, un pequeño gatico había aparecido y había concentrado
su atención. Era un animal enfermizo de alrededor de un mes de vida. Se
encontraba maltratado y desnutrido, se notaba abandonado a su suerte. Cuando el
gato quiso acercarse una sensación de asco y de lastima lo invadió, entonces, no
le permitió aproximarse más de lo adecuado. Después del primer rechazo, el
animal iba y volvía constantemente, probablemente, en busca de comida o al
menos de afecto, dicho sea, que Diego no estaba dispuesto a brindarle. Si le
preguntasen diría que sí le gustaban los gatos, pero, añadiría, que bien
alimentados, con ganas de vivir y llenos de su arrogancia característica, no,
complementaría, sutes y medio-muertos como aquel que veía asomarse a cada
momento.
Al
comienzo, la primera vez que intentó acercarse, le llenó su pecho y todo su
pensamiento una atención exasperada, desesperada y totalmente agotadora hacia
ese pequeño monstruo al que no podía dejar de mirar. Luego, poco a poco, fue
calmándose hasta llegar a una actitud totalmente distante y distraída, donde el
animal había pasado a un segundo plano, en el cual su existencia había perdido su
valía; ya no lo desesperaba su presencia y ni tan siquiera lograba recordar, si
bien lo estuviera observando, esa desagradable impresión que le había
ocasionado la enfermedad que demostraba. Diego estaba ensimismado; reflexionaba
en otras cosas que, por el momento, consideraba más importantes que observar la
miseria de un animal y el desafecto que podría albergar un ser humano para efectuar
ese despiadado abandono. Aunque de vez en cuando no podía evitar mirarlo con
compasión, tampoco hacía nada para remediar el mal que consumía esa
insignificante vida. Quizá, llegó a pensar en un instante de debilidad y de
profunda atención, si fuera una persona actuaría de manera diferente, pero por
ese animalito no le nacía nada, nada parecido a la misericordia.
Un
poco más tarde, cuando el calor había aumentado considerablemente, notó que el gatico
estaba detrás de uno de los autos aparcados justo delante de él. Se había
acercado hambriento a la familia que se disponía a marcharse, sin embargo, ella
no percibió su existencia. Ya dentro del vehículo el chofer prendió el motor y
se dispuso a dar reversa. Mientras tanto Diego observaba todo desde su puesto,
privilegiado, y empezó a tener la sospecha de que, si él permanecía en absoluto
silencio, el auto arrollaría al animalito. Sentado observaba atento cómo todo
se iba produciendo ante él, lentamente. Veía y callaba, esperando, esperando
que el gato esquivara el auto, que el chofer se percatara de su presencia o que
una persona cualquiera evitara el accidente. Por su mente no pasó, ni por un momento,
que él podía impedir el suceso que parecía inevitable.
El
auto dio reversa. En total impasibilidad, mudo y contemplativo, Diego vio cómo
pasaba sobre el gato la llanta trasera y, también, cómo salía lastimado,
arrastrándose, con medio cuerpo aplastado, sin fuerzas ya para sobrevivir. No
hubo ruido, ni llanto, nada, nada más que un profundo silencio. Su distancia le
impedía sentir el sufrimiento, era totalmente ajeno a la situación, como el
médico que, intentándolo todo, llegara tarde al lugar del accidente,
imposibilitado para salvar las vidas de los viajeros, pero seguro de que no era
culpable de su demora. Atónito, concentrado en el animal que marchaba
arrastrándose y terminaba echado, sin vida, descubrió que no sentía nada: ni
pesar, ni remordimiento, ni rabia contra el auto ni contra él mismo, por su
silencio; ni siquiera atinó a verificar la muerte del gato, solo supo voltear a
la calle y simular que él, allí de frente, no había visto nada.
II
La
ciudad, y más certeramente, el barrio donde vivía, según chismes de las
vecinas, estaba siendo atacado por una nueva organización de malhechores que
empezaban a sembrar el temor en los frágiles corazones que lo habitaban. Diego
había oído los rumores de que por allí, cerca de donde estaba su trabajo,
habían robado a un joven y habían intentado violar a una muchacha que pasaba
distraída por un callejón. Cierto era que no parecían más que rumores de
señoras sin oficio, aunque también tendría que considerarse que con la llegada
de nuevas personas al barrio vecino habían llegado unas con aspecto poco
amigable. En este sentido, los rumores tomaban fuerza, puesto que se aseguraba
que la banda era de ese lugar y que hacían amistades con los jóvenes ya
malamente señalados por su misma comunidad.
Diego
no participaba nunca en este tipo de conversaciones, le desagradaban, y si se
había enterado de las últimas habladurías solo había sido por accidente.
Aunque, en realidad, enterarse le había dado cierto temor, debido a que él
salía del trabajo a horas ya muy entradas la noche y tenía que pasar por el
lugar donde seguro, si eran ciertos los chismes, habían acaecido los hechos. En
los últimos días había pasado tembloroso por esa calle angosta y obscura,
además de poco transitada, pero no había notado nada inusitado en ella, aunque
ello no diera mayor seguridad de la que careciera siempre. La verdad, podría
dar la vuelta, es decir, girar la manzana y gastarse alrededor de diez minutos
más para llegar a su casa; si bien era más seguro, el cansancio de un día de
tedio le impedía siquiera vislumbrar esta opción, así que prefería corre un
poco más, lleno de miedo y ansiedad, para abandonar el callejón lo más a prisa
posible.
Los
diarios anunciaban tímidos los hechos que ya todo el mundo sabía debido a las
ancianas chismosas del barrio, aunque aumentaban un poco más la información,
dando una débil descripción de los principales sospechosos; con esos nimios
datos suministrados cualquiera que saliera en altas horas podría ser el
presunto culpable. Debido a la publicación, las noches eran cada vez más
solitarias. El expreso pedido del diario de mayor presencia policiaca no había sido
cumplido, lo que aumentaba la preocupación de Diego que cada noche se sentía
más y más vulnerable.
Habían
pasado varios días y Diego ya volvía tranquilo a su casa, el olvido le había
devuelto la calma, la seguridad, la tranquilidad, solo el sueño o el recuerdo
perturbaban de vez en cuando su rutina, ese gato que en su cabeza moría cada
vez no lo hacía culpable como a aquellos chicos que no conocía y, que anhelaba,
no conocer jamás. Era verdad que no le gustaba su actuación respecto al animal,
pero tampoco se sentiría ni sería culpable como sí lo eran ellos, aquellos
chicos, por sobrepasar los límites éticos y morales impuestos por la sociedad;
él, en cambio, habría pecado únicamente por haber guardado silencio, por
permanecer distante e imparcial al destino. También, se decía, si se miraba de
mejor manera, ese pecado también había sido un alivio para el animal, el que
callara era más un acto de bondad que de otra cosa. En su reflexión,
finalmente, decidió que era libre de culpa y que, más precisamente, podría
considerarse la decisión de su silencio como la mayor obra de caridad que
podría hacer. No era sencillo decidir algo así, otros más avezados, estaba
seguro, no habrían actuado de esa manera, tan humanamente, sin temor a ser
señalados, juzgados y condenados como seres sin alma.
Ya
había caído la noche con todo su peso. Solo los faroles alumbraban tenuemente
las calles llenas de sombras. El cielo carecía de estrellas y la luna se
aparecía levemente, tímida, ante la posibilidad de lluvia. Hacía frío y corría
una brisa gélida por entre los rincones. Algunas bolsas se elevaban y caminaban
a su lado por breves espacios de tiempo. Había un silencio macabro, anunciante
de tempestades que no le decía nada, porque se encontraba absorto, distante de
esa noche. Caminaba mecánicamente, como si los pasos no fueran suyos.
Reflexionaba en el día de trabajo, en su oficio y, levemente, se preguntaba por
su futuro. Aunque su verdadera intención era el pasado, el saber si volviera a
vivir la situación del gatico qué haría esta vez; en realidad, en eso pensaba.
No porque sintiera remordimiento con la situación que soñara o recordara, sino
porque quería conocer los límites de su emotividad, de sus sentimientos hacía
ese ser enfermo, ínfimo y mísero, que lo intranquilizaba algunas veces.
A
menudo, cuando dejó el temor por los chismes de los malhechores y, también,
antes de ellos, cuando caminaba de regreso a su casa, sus cavilaciones volvían
regularmente a la muerte del gatico que él hubiese podido evitar. Sin embargo,
no hallaba la posibilidad de describir la sensación que lo albergaba, se sentía
como un científico frente a su objeto de estudio, como el panadero hacía una
masa amorfa de harina, con todas las posibilidades de amasar, de analizar la
profundidad de su alma, de sentirse su dueño y saber qué forma darle; se
explicaba, de manera más sencilla y para sentirse mejor consigo mismo, que
dejarlo morir había sido, más bien, una manera de conocerse más, de saberse
realmente, de hallar la delimitación de las posibilidades de su alma, de su
ética o de su moral. Aunque también, en ocasiones, lo pensaba como algo ajeno a
esas mismas posibilidades, como si la existencia misma, la suya y la del
gatico, no le hubieran dado más opciones que aquella que regresaba constantemente
a su mente, aquella de la rueda oprimiendo una débil vida.
En
esas estaba, cuando ingresó al callejón donde habían acaecido los chismes de
las señoras y las aproximaciones a la verdad del diario. Notó, después de alzar
un poco la mirada, que de frente a él se acercaba un muchacho medio arreglado, con
el cabello desaliñado, fumando, y mirando encorvado, como si se ocultase
estando a plena vista; y que venían detrás de él dos jóvenes, de mal aspecto,
peor calaña que el otro, a reunirse en medio del lugar, también fumaban; cierto
temor empezó a crecer en él, no porque estuvieran allí significaba que fueran
peligrosos, pero teniendo en cuenta la hora, el lugar y su aspecto, no cabían
más posibilidades para una tendencia a la desconfianza. El nerviosismo se
apoderó de Diego, pero supo que no le harían daño cuando oyó que, los que iban
detrás de él, saludaban con gritos eufóricos al joven que venía de frente, como
si él no estuviera en medio. Al pasar por su lado y sentir que podía seguir
sintió que se desvanecía, que no llegaría por sus propios medios a la otra
esquina, pero solo fue una sensación momentánea, porque caminaba igual que
siempre. Atrás se quedaron charlando los tres muchachos como si él nunca
hubiera estado presente, como si no fuera una posible víctima, descartado desde
siempre, porque algo muy adentro, o quizá fuera la noche, le decía que más
tarde allí sucedería, con esos tres jóvenes, una desgracia.
Al
doblar la esquina, con el aliento de vuelta, y caminar media cuadra, se cruzó
con una joven bonita, delgada y elegante, de cabello negro, morena, de piernas
largas y torneadas; llevaba una falda en jean no muy corta y una blusa semicortada
en diagonal, dejando un hombro descubierto; tenía unos senos no muy grandes,
redondeados, turgentes, una cola pronunciada, elevada. Iba abstraída, como él
hacía un momento, porque tenía puesto los audífonos y murmuraba la canción que
oía con alegría. Caminaba con cadencia, con desenvoltura y seguridad, la
certeza del conocimiento del camino recorrido y del camino a recorrer. Además,
portaba un bolso de mano, negro, desde donde sobresalía el cable del audífono.
Después del susto que acababa de tener le reconfortó ver una mujer tan bella
pasar por su lado y no pudo dejar de observarla. Olvidó sus temores sobre los
jóvenes y se percató, como idiotizado aún, de que ella se dirigía al callejón, inocente
de lo que podría esperarle, con el desconocimiento de que ellos posiblemente
seguirían allí, esperando a su víctima. La noche estaba cerrada y obscura y
nadie más transitaba las calles, el silencio y la posibilidad de lluvia
permanecían, la luna aún apenas se mostraba y parecía que esa noche no habría
estrellas. Diego la vio, impasible, sumiso al silencio que embargaba la ciudad,
mientras caminaba segura y sin mirar al frente. Observó cómo llegaba al final
de la cuadra, cómo giraba todo su hermoso cuerpo en la esquina y cómo tomaba el
callejón estrecho, por donde él acababa de pasar temeroso. La miró mientras
callaba; sabía que se dirigía a donde no debía, que cometía un error al pasar a
esa hora y sola por ese lugar tan inseguro. Cómo podía ser tan tonta,
reflexionó, y arriesgar su vida por ahorrarse solo unas cuadras. Miró otro
momento más, hasta que la débil sombra que se alargaba contra la pared, por los
faroles, se desvaneció completamente, hasta que de la noche empezaron a caer
pequeñas gotas de lluvia, hasta que la brisa empezó a transformarse en una
débil ventisca. Observó sin temor en los labios que lo motivasen a hablar,
contemplativo, sin ninguna sensación que lo moviese a alguna acción; el mundo
se había estacionado y él estaba allí, inmóvil y vacío. Después de unos
segundos en que no pensó en nada, decidió voltear y seguir su marcha, como si, tampoco
a ella, nunca la hubiera visto.


Y cómo hago para seguir su blog?
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